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domingo, 1 de abril de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 7 ultima parte

Lali bajó y se dio cuenta de que era la primera en entrar en la cocina; estaba tomándose un zumo mientras le preparaba el desayuno a Claudia, cuando entró Agus. Era obvio que se moría por saber lo que había sucedido entre Lali y Peter por la noche. Ella no se lo dijo, así que cuando Peter tocó el timbre, Agus corrió a su cuarto, con la esperanza de que él le contara el asunto. Bajó cinco, minutos después, desilusionado, y le subió el desayuno al convaleciente.
Claudia bajó a desayunar y Lali la acompañó con una taza de café, cuando entró Delia.
—Buenos días. Espero que hayas... dormido bien —dijo Claudia, con torpeza.
—Muy bien, gracias —contestó Delia, con una sonrisa cortés.
Lali se levantó.
—Te traeré el desayuno.
—No, no. Siéntate y termina el café —insistió la señora—. Quie¬ro hablar del menú del fin de semana con la señora Campbell —se dirigió a Delia y le preguntó con indiferencia—. Supongo que te quedarás con nosotros el fin de semana.
—Me temo que no. Debo regresar con los amigos que vine a visitar. De hecho, quería llamar á un taxi para que me llevara a la estación. Si usted me da el número yo...
—No es necesario, Agus te llevará —dándose cuenta de lo que acababa de decir, Claudia añadió—: Eso si estás tan segura de que no quieres quedarte. Tienes entera libertad...
—Gracias, pero debo irme.
La señora asintió y salió de la cocina. Lali tuvo que romper el silencio al disculparse:
—Lo siento. He estropeado tu visita —dijo al sentarse.
—Ese era el objetivo, ¿no? —comentó Delia.
—Sí, supongo que sí —reconoció Lali—. Pero tú no tenías culpa y no es justo... meterte en medio.
—Supongo que fue Peter quien lo hizo. Quería provocarte celos. Y es obvio que lo ha logrado.
Para alivio de Lali, la rubia no parecía enojada con ella, sólo un poco fría, así que le sonrió al decir:
—Sí, me temo que lo ha logrado.
La norteamericana la miró con intensidad.
—Pero no había motivo para que te pusieras celosa, ¿no crees?
—¿De verdad? —Lali la miró de frente—. Peter y tú fuisteis amantes.
Delia dudó antes de contestar:
—Sí, lo fuimos, pero eso fue hace años, antes de que. él te conociera.
—Pero ha vuelto a estados Unidos más de una vez... después de separarnos.
—Así que eso piensas. Ni siquiera me buscaba. Si lo hubiera hecho, bueno... yo habría estado más que dispuesta —miró con fijeza a Lali—. Por eso vine aquí con tanta prisa cuando él me llamó. Pero en seguida vi el porqué de la invitación y se lo reproché. Me dijo que no podía hacer gran cosa postrado en una cama como lo está. Así que yo le he seguido la corriente, pero no era eso lo que quería decir con que no había motivos para que te pusieras celosa.
—¿No? Entonces, ¿qué quieres decir?
—Que está muy claro que Peter todavía te ama. Y viendo tu reacción, es obvio que también le amas, así que, ¿por qué os compor¬táis así el uno con el otro? —miró a Lali, que tenía la cabeza inclinada—. Sabes que está enamorado de ti, ¿verdad?
Lali se pasó una mano por la frente y asintió.
—Sí —aseguró con voz ahogada—. Lo sé. Pero... no podemos vivir juntos —se levantó—. Lo siento, Delia, pero no puedo hablar del asunto.
—Bueno, quizá deberías hablar... con Peter—le sonrió de forma extraña—. No soy la única mujer que busca un hombre como él. Debes tener cuidado para no perderle por completo.
Lali sonrió pero negó con la cabeza; sabía que había perdido a Peter hacía años y se alegró de poder irse cuando Claudia entró en el cuarto, con la bandeja del desayuno de la rubia.
Delia se retiró cuando Lali subió a darle la terapia a Peter y ninguno de los dos habló de ella o de lo sucedido la noche anterior. Se concentraron en los ejercicios, prolongándolos cinco minutos. Para cuando terminaron, Peter estaba un poco pálido del esfuerzo.
—Descansa tranquilo antes de la sesión de esta tarde —le reco-mendó—. No debes esforzarte mucho...
—No lo haré —interrumpió él—. ¿Qué vas a hacer esta tarde?
—Tengo que ir a Aberton para devolver unos libros a la biblio-teca. Y tengo un par de cosas que hacer.
—¿Como comer con maximo recca? —inquirió Peter.
—No —Lali dudó pero le dijo—. Yo... le he dicho que no quería volver a verle.
—¿Cuándo? ¿Cuándo se lo has dicho? —Peter fijó la mirada en ella.
—Anoche.
—¿Le viste anoche?
—No, llamó por teléfono. Tú le oíste. Descolgaste la extensión —le recordó la chica.
—¿Y qué comentó cuando se lo dijiste?
—Eso no te incumbe, Peter. No...
—¿Tú crees?—lo dijo de forma intensa, sin enojo, y Lali supo que podía ser sincera con él, que ya había pasado la fase de celos y desconfianza. Por un momento, se sintió más cerca de Peter que cuando pitaban casados.
—No estaba muy contento —reconoció Lali.
—No, no creo que lo estuviera —Peter le cogió la mano y le besó los dedos con suavidad—. Reconoce lo bueno cuando lo ve.
A Lali le tembló la mano y la retiró.
—Bueno, será mejor que me vaya. Que descanses.
Temía ver a Max en Aberton, por eso hizo sólo las compras necesarias y regresó a casa un par de horas después. También la inquietaba que la volviera a llamar, pero no lo hizo; el sábado por la tarde, Lali tenía ya la esperanza de que se hubiera resignado, pero el domingo por la mañana, Max aparcó en la casa.
—Hola, Lali —como hacía viento, llevaba una americana en vez del acostumbrado traje oscuro y parecía un soldado vestido de civil.
—Hola, Max —le miró con impotencia y él prosiguió:
—Me gustaría hablar contigo un minuto, si tienes tiempo.
—Max, lo siento, pero...
—Sólo diez minutos —insistió. Ese es tu abrigo, ¿verdad? —lo cogió de la percha y se lo dio.
—No puedo. Lo lamento, pero...
—Sí, puedes. Peter puede soltarte diez minutos.
Lali le obedeció al darse cuenta de que seguiría insistiendo hasta convencerla. Entró en la sala para decirle a Claudia:
—Sólo saldré unos minutos. No tardaré. Sí... Peter pregunta por mí... díselo.
—Sí, querida, se lo diré —asintió Claudia con calma.
Lali esperaba ir a caminar un rato, pero Max abrió la puerta del coche y tuvo que entrar, preguntándose a dónde pensaba llevarla. El médico se dirigió hacia el campo y aparcó.
—¿Paseamos?
—Creo que te debo una disculpa —comentó Max al ver la cara de preocupación de Lali—. Hice... sin querer, algunos comenta¬rios desagradables sobre tí.
Lali frunció el ceño, sin entender, y luego recordó lo que Max había dicho de la «mujer de Peter».
—¿Lo sabes?
—Sí. Hablé de tí durante la sesión de teatro y una mujer te reconoció. Me dijo quién eras y se alegró de hacerlo —añadió som¬brío.
—Max, lo siento...
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué has dejado que me ente-rara así?
—No lo sé. He usado mi nombre de soltera desde el divorcio.
—Pero podías haberme dicho que eras la mujer de Peter —excla¬mó.
—No soy su mujer. Nos divorciamos hace casi un año.
—¿Por qué estás en su casa ahora? ¿Por qué tu? —insistió Max.
—Porque nadie más quería cuidarle. Sabes que las demás enfer¬meras se marcharon —respondió—. Claudia estaba desesperada pues no encontraba a nadie.
—Así que él te necesitaba. Y tú viniste... aunque estabais divor-ciados —Max la miró—. Debes sentir algo por Lanzani. ¿Me has dicho por eso que no querías verme más?
—En parte. Pero también... —Lali se detuvo y buscó palabras que no lo hirieran—. Parecía que yo... te agradaba. Que querías relacionarte más a fondo conmigo. Cuando me contaste lo del trabajo en el hospital, empecé a... asustarme.
—¿Asustarte? ¿De mí? —Max estaba atónito.
—No de ti, no. De lo que querías de mí. Max, trata de entender por favor; he pasado por un matrimonio fracasado e intento rehacer mi vida. No quiero presiones... ni comprometerme con otra relación tan pronto. Necesito tiempo para encontrarme a mí misma.
—Sabes que para mí es indiferente el que estes divorciada.
—Gracias —dijo Lali con sinceridad.
—Pero eso no significa nada para ti, ¿verdad? —replicó—. Por-que sigues amando a Peter —Lali asintió y él suspiró—. Pero tú le dejaste a él. ¿Esperas que Peter vuelva a ti? —Lali no respon¬dió—. Ya sé que no me incumbe, pero me encantaría que lo dijeras.
—Lo siento —repitió Lali, apenada e impotente-. Es mi culpa, nunca debí salir contigo.
—No, no digas eso —el médico se acercó y le puso un brazo en los hombros—. Conocerte ha sido... positivo. Eres una chica maravi¬llosa, Lali. Y espero... que encuentres lo que buscas. Pero si no funciona... si Peter y tú no volvéis...
—Lo sé —Lali le acarició la mejilla—. No lo olvidaré... y no te olvidaré.
Él asintió y le besó la frente antes de apartarse y decir:
—Será mejor que volvamos... no quiero que mi paciente tenga una recaída.
Lali esperaba que Peter la cuestionara, pero éste le vio la cara endurecida y se refrenó. Ni siquiera mencionó a Max, pero cuando el médico fue a visitarle el miércoles siguiente, Peter los miró a ambos con curiosidad. Lo que vio, o lo que no vio, le hizo sentirse mejor y que se dedicara de lleno a recuperarse.
Lali le ayudaba todo lo que podía; sin embargo, a veces sentía que era parte de algún ritual macabro, de un tiovivo del destino en donde los dos luchaban para curar a Peter, sabiendo que volvería a las carreras para arriesgar la vida de nuevo, como un soldado herido que se recupera para volver a la guerra. Peter tenía una alternativa podía retirarse y nadie pensaría mal de él. Había competido en carre¬ras de Fórmula Uno durante ocho años con gran éxito, no sólo en las pistas, sino también en el aspecto financiero. No necesitaba la fama ni el dinero, así que, ¿por qué no actuar con sensatez y retirarse cuando todavía estaba... completo? Pero Lali pensaba que él no podía hacerlo, todavía no. Cualquiera que fuese la obsesión que le hacía conducir, no estaba agotada aún y quizá nunca lo estuviera, tal vez seguiría compitiendo hasta que... Lali rechazó la conclusión obvia. Se empeñó hasta lo imposible en hacerle andar y trató de no pensar en lo que ocurriría cuando lo consiguiera.
Trabajaron tan bien que, una semana después, Lali fue al dormitorio de Peter con una cinta métrica. Él yacía en la cama, quizá dormitando como a veces lo hacen los inválidos. estaba tumbado boca arriba, así que pudo medirle desde los pies hasta las axilas.
—¿Es para el ataúd? —inquirió, seco.
Lali se dio cuenta de que había abierto un ojo y la miraba, cansado.
—No, para un par de muletas —contestó—. Ya es hora de que salgas de esa cama y te muevas un poco.
Peter abrió los ojos y la miró con intensidad.
—¿Todavía no te has enterado? —dijo con frialdad—. No puedo andar.
—En ese caso, será mejor que te mida para el ataúd, ¿verdad? —replicó Lali incorporándose.
Peter le cogió la mano mientras ella enrollaba la cinta.
—¿Cuándo? —inquirió él—. ¿Hoy?
—No. Hoy sólo tratarás de ponerte de pie durante unos cuantos segundos.
—¿Cómo puedo andar si ni siquiera logro que me sujeten las piernas?
—Te sorprenderás —rió Lali.
Y así fue, se sorprendió mucho cuando esa tarde, con Lali y Agus sosteniéndolo a cada lado y Claudia mirando, ansiosa, trató de levantarse por primera vez en casi seis meses. Peter preocupado por si le sostenían o no las piernas, no estaba preparado para el mareo
que sintió y que le hizo sentarse rápidamente en la cama, después de unos segundos.
—está bien —dijo Lali—. Has perdido el sentido del equili¬brio. Pronto lo recuperarás.
La miró buscando consuelo y lo halló en los ojos de la chica.
—Vamos a intentarlo de nuevo —y esa vez pudo sostenerse durante unos segundos más.
Habría continuado si Lali no hubiese terminado la sesión. Con su sentido del equilibrio, recuperó la determinación por volver a andar en cuanto comprobó que se podía poner de pie.
Lali no le dejó usar las muletas más que para sostenerse, hasta que el cirujano le vio de nuevo y le hizo más radiografías. Sólo entonces, le permitió dar su primer paso.
—¿Y bien? —inquirió cuando Lali volvió de llamar al ciru¬jano—. ¿Qué ha dicho?
—Que tus huesos han soldado muy bien. No deberías de cojear, aunque es posible que hayas perdido unos milímetros de altura.
—¿De verdad? —Peter se sorprendió, pero sólo se encogió de hombros—. ¿Qué importan unos milímetros cuando mido más de uno ochenta? Pero, ¿qué ha dicho de volver a andar? ¿Cuándo puedo empezar?
—Bueeeno... —Lali le miró de soslayo, sonriendo.
—¡Lali, por el amor de Dios!
—está bien —sonrió ella—. ¿Qué te parece hoy?
Él abrió más los ojos y se le llenaron con tanto alivio, esperanza
y alegría, que Lali tuvo que desviar la mirada para tragar el nudo que se le hizo en la garganta.
—Voy por Agus —dijo ella.
Por supuesto, Claudia también se presentó.
—está bien, tómatelo con calma —le advirtió Lali—. No trates de acelerar las cosas. Y recuerda lo que te he dicho de distribuir tu peso.
Él asintió, impaciente, se apoyó en las muletas y se quedó quieto un momento mientras se concentraba y reunía fuerzas.
—está bien, podéis soltarme —dijo, tenso porque aún le dolía mucho.
Con lentitud, Lali le soltó el brazo y se alejó un poco quedan¬do ante él, para que sólo diera unos cuantos pasos y pudiera cogerle si se caía. Le hizo una seña a Agus y él también le soltó. Peter estaba tenso, concentrado y apretaba los dientes para resistir el dolor, pero agarró las muletas con fuerza y movió con lentitud una pierna hacia adelante; gimió y Agus hizo un movimiento para sujetarle.
—No-, déjame solo —tenía gotas de sudor en la frente, pero Peter se esforzó para que sus huesos y músculos se movieran de nuevo y trató de arrastrar la otra pierna hacia delante. Miró a Lali y sus miradas se encontraron, y era como si él tratara de sacar fuerza de ella. Con lentitud, adelantó la pierna y dio un paso, apoyó su peso en ella y se mantuvo inmóvil. Claudia y Agus empezaron a aplaudir, pero los ojos de Peter, brillando de triunfo, todavía miraban a Lali.
—¡Lo hice! —gritó él—. Sabía que lograría hacerlo. Ahora, vol-veré a andar... y también volveré a conducir.
Lali se dio cuenta de que estaba llorando de alegría, pero las últimas palabras de Peter hicieron que contuviera el aliento. Trató de decir algo, pero no puedo, sólo consiguió ver la inmensa alegría que había en la cara de Peter... luego se volvió y salió corriendo del dormitorio.


bien largo no se pueden quejar ultimos capitulos momentos decisivos besos las quierooo @pupy_angelita

novela: triunfo del amor capitulo 7 tercera parte

Claudia, totalmente vestida, bajó al recibidor y le preguntó a Lali con ansiedad:
—¿estás bien? ¿Cómo has podido hacerlo? Me has asustado mucho.
—Lo siento —dijo Lali apenada—. No quería asustar a nadie. Sólo quería... sólo quería...
—No tienes que darme explicaciones —la interrumpió Claudia y luego sonrió—. Pero, ¿no ha sido un poco drástico?
están de mi parte, pensó Lali, sorprendida. Les sonrió agra-decida.
—Siento mucho haberos tenido despiertos tanto tiempo. ¿En dónde está Delia?
—Se fue a su habitación hace mucho —le respondió Claudia—. Creo que Peter le dijo que no tenía por qué esperar. Y ahora que estás aquí y a salvo, yo también me voy a dormir. Buenas noches —y al pasar junto a Agus, comentó—: No nos habíamos divertido tanto en años.
Lali le agradeció a Agus que fuera a recogerla a la comisaría y luego cerró la casa antes de apagar las luces y subir por la escalera. Se sentía rara y su furia había desaparecido gracias a la alegría de Agus y de Claudia. Era extraño que estuvieran de su parte cuando siempre apoyaban a Peter. Claro que, para ellos, sólo se trataba de un pequeño incidente... pero no para Peter. La puerta de Delia estaba cerrada, pero la de Peter permanecía abierta... y tuvo que pasar por delante para ir a su cuarto.
—¡Lali! —estaba sentado, al acecho—. Entra. Quiero hablar contigo.
—Peter, es tarde y yo... —dudó en el umbral.
—Maldita sea, no cojas mi coche para escurrirte a dormir des-pués —gruñó Peter—. Quiero una explicación.
—¿Sí? —entró, todavía nerviosa, y cerró la puerta—. ¿Qué de-seas saber?
Peter frunció el ceño pues esperaba que ella se mostrara ofensiva.
—Para empezar, ¿por qué has cogido el coche?
—Ya sabes por qué.
—Pero quiero que tú me lo digas —ordenó, fijando la vista en los ojos de Lali.
Lali se encogió de hombros, se quitó los zapatos y se sentó sobre sus pies en un sillón.
—está bien. Porque me has provocado. Me pusiste celosa y no he podido soportar la idea de que ella y tú estuvierais juntos.
—Viniendo de ti, es un gran reconocimiento —Peter agrandó los ojos con sorpresa.
—Sí, ¿interesante, no?
—¿Has bebido? —preguntó Peter, suspicaz—. No pareces tener tu acostumbrado espíritu luchador.
—Lo siento, no estoy de humor.
—¿O acaso intentas distraerme? —adivinó, endureciendo la ex-presión—. Volvamos a lo del coche. ¿Dónde has ido después de hacer tu acto de voy-a-destruir-tu-coche bajo la ventana?
—Sabía que estarías preocupado a más no poder por el coche. Fui más allá de Aberton, hacia la autopista. Pero...
—¿Tan lejos? —Peter la miró fijamente—. ¿En un coche con un motor tan poderoso y que no habías conducido? —dijo él atónito—. ¿Te das cuenta de lo que podía haber pasado?
—Sí, por supuesto. Podía haber abollado tu amado Ferrari. Aun¬que no entiendo por qué te molesta eso cuando es probable que no vuelvas a conducirlo...
—estaba preocupado por ti, maldita sea —replicó Peter—. ¿Cómo has podido ser tan estúpida de cogerlo, cuando estás acostum¬brada a una camioneta destartalada que no corre más de cincuenta kilómetros por hora?
—No siempre he tenido la camioneta —objetó Lali.
—está bien, cuando pitábamos casados, tenías un coche decente, pero no con la potencia del Ferrari.
—Claro, siempre te aseguraste de que tuviera un cochecito de juguete, ¿verdad? —notó Lali, pensativa—. Si hubiera tenido un coche más potente quizá me hubieran dado ganas de correr... como a ti —se burló.
—Nunca te gustó la velocidad —Peter la miró de reojo.
—Nunca me diste la oportunidad de averiguarlo —sonrió para sus adentros—. Así que decidí descubrirlo por mí misma.
—¿Qué estás diciendo?
Lali no le contestó de inmediato, pero luego le dijo:
—Sólo que cuando Agus y tú ibais al extranjero a competir, yo me iba con frecuencia en el Ferrari.
—No es cierto —exclamó Peter—. No podías conducir... —se detuvo al recordar hasta dónde había llegado esa noche y se enojó—. Mientes. Agus y yo lo hubiéramos sabido gracias al kilometraje.
Ella negó con la cabeza y sonrió.
—Le pedí a un mecánico que me enseñara a desconectar el cuentakilómetros.
—Si serás... —Peter se recostó en sus almohadas, convencido—. ¿Y descubriste si te gustaba la velocidad?
—Sí, me gustó —reconoció Lali—. Me gustaba sentir el poder en mis manos, tener ese potente motor bajo mi control. Quería hundir el pie a fondo para correr de verdad.
—Pero si así es como... —Peter la miró—. Así es como me siento cuando compito.
—Sí, me imagino que sí —Lali se puso de pie—. Me di cuenta cuando vi que ya no podía seguir luchando contra ti. Oh, me llevó bastante tiempo reconocerlo, pero entonces fue cuando supe que ni yo ni mis tontos sueños podrían competir nunca en las carreras.
—¿Tus sueños? —la mirada de Peter era de intriga.
—Sí. Cuando por fin reconocí que nunca se realizarían contigo, me volví muy práctica y me dije que debía dejarte para poder encon¬trar a alguien más y ser feliz.
Peter estaba un poco pálido y enojado.
—Y eso es lo que estás haciendo... ¿buscar a alguien?
Lali negó con la cabeza y sonrió; sin embargo, estaba a punto de llorar.
—Es estúpido, pero cuando quedé libre me di cuenta de que mis sueños nunca se volverían realidad de todas formas... porque tú eras el único cuyo... —se interrumpió y se dirigió hacia la puerta.
—¡Lali, espera!
Se detuvo y se volvió hacia él, con los ojos brillantes. Peter le hizo una pregunta muda y ella contestó como si le hubiera oído.
—Sabías lo que yo quería. Deseaba un hijo nuestro en mis bra-zos.
Peter tensó la mandíbula.
—Te lo propuse —replicó él con dureza.
—Es cierto —sonrió con aire triste—. Pero ¿qué ofrecías además de ayudar a concebirle?
—¿Qué quieres decir?
—Que yo deseaba un verdadero padre para mi hijo, algo más que un álbum de recortes y una hilera de trofeos en la repisa —gritó pero de inmediato se contuvo, consciente de que otras personas dormían en la casa—. Lo siento. No... tengo ningún derecho a decir eso ahora. Y siento haber cogido tu coche...
—Por el amor de Dios, deja de ser tan débil y humilde —in-terrumpió Peter—. Tenías tanto derecho como yo a obtener lo que quisieras de nuestro matrimonio. Lamento que no haya funcionado de la forma que deseabas.
—¿Quién es el humilde ahora? —inquirió Lali con una sonri¬sa. Se acercó a la cama y le miró con tristeza—. Supongo que lo que sucedió fueron... diferencias irreconciliables, como quedó asentado en la demanda de divorcio. No fue culpa de nadie, sólo un error que debía corregirse.
—Pero siempre hubo amor —susurró Peter y le cogió la mano.
—Sí, siempre lo hubo. Es una lástima que no haya sido suficiente —él apretó los dedos pero guardó silencio y después de unos minutos, Lali prosiguió—. Y tú, ¿has buscado a alguien... que me reempla¬zara?
Con lentitud, Peter levantó una mano y le acarició la mejilla.
—No, nadie puede reemplazarte.
—¿Ni siquiera Delia?
Peter se ensombreció.
—Cuando quiera a una mujer, yo mismo buscaré mi satisfacción —expresó enojado y siguió mirándola; de pronto, le pasó una mano por el cuello y la acercó para besarla con mucha ternura.
Cuando levantó la cabeza, los ojos de Lali estaban arrasados de lágrimas. Trató de decir algo pero estaba tan emocionada que sólo pudo tartamudear!
—Buenas noches, Peter —y salió corriendo del dormitorio.
Todos durmieron hasta tarde al día siguiente, para compensar el desvelo de la noche anterior. Lali se había acostado aún más tarde, pues se sentía casi tan desdichada como cuando dejó a Peter hacía casi dos años. Tardó en conciliar el sueño porque la recorrían olas de dolor y tristeza pero el cansancio la venció al fin.
 por ahi soy buena y les subo otro cap mas depende de las firmas q por cierto muchas gracias por ellas un beso enorme @pupy_angelita disfruten del cap quedan muy pocos

sábado, 31 de marzo de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 7 segunda parte

Las cortinas estaban cerradas, pero se veía una lámpara encendi¬da. Lali puso la máquina en punto muerto y pisó el acelerador, haciendo que el motor rugiera como sólo un Ferrari podía hacerlo. Peter lo reconocería de inmediato. Lali se ajustó el cinturón de seguridad con la vista fija en las ventanas de Peter, esperando que las cortinas se abrieran. Una luz se encendió en el cuarto de Claudia y segundos después Delia abrió las cortinas y miró fuera. Había mucha luz en el pórtico de la casa y Delia pudo ver muy bien el coche y hacerle una descripción a Peter, aunque éste no la necesitara. Lali esperó un minuto y luego condujo a toda velocidad por la vereda, haciendo que los neumáticos chirriaran en las curvas. Tras asegurarse de que no había más coches lanzó al Ferrari por la carretera haciendo que el rugido pleno y gutural del motor resonara en la noche.
Sólo cuando estuvo segura de que se encontraba bastante lejos de la casa para que no oyeran el motor, redujo la velocidad y se preguntó qué haría después. No había planeado nada más que coger el coche para hacer rabiar a Peter. Podía imaginar su reacción ya que no permitía que nadie, salvo Agus, se acercara siquiera a su adorado Ferrari. Y Peter sabía que su mecánico estaba en el bar. Bueno, mientras tuviera el coche, lo mejor era disfrutarlo, decidió Lali dirigiéndose hacia la autopista.
Para llegar tenía que atravesar un par de pueblos y apenas había disfrutado cinco minutos conduciendo cuando oyó el ulular de la sirena de policía y se dio cuenta de que la iban persiguiendo. ¡Maldita sea! Había tenido cuidado de no rebasar el límite de velocidad. Nerviosa, frenó el coche y la policía se paró delante de ella, para evitar cualquier intento de fuga. Dos oficiales salieron y uno de ellos abrió la puerta del Ferrari bruscamente.
—está bien, salga de allí —ordenó el hombre hosco.
Como era un coche muy bajo le costó trabajo salir, sobre todo porque llevaba falda. Lali no pudo evitar mostrar un poco de sus hermosas piernas y los ojos de los policías se abrieron de sorpresa y admiración cuando la vieron salir.
—Bueno... —el oficial más viejo carraspeó al recordar que tenía que hacer su trabajo—. ¿Es suyo este coche señorita?
—Bueno, no. Pero no iba deprisa, oficial —le aseguró Lali.
—¿Y tiene usted permiso para usarlo? —prosiguió el hombre severo.
—No, pero el propietario no puede conducir, así que he pensado que le vendría bien moverlo —explicó—. El dueño se está recuperan¬do de un accidente.
—¿De verdad? ¿Y sabe usted la matrícula? Sin mirarla, por favor —Lali se la sabía antes, pero había pasado mucho tiempo y negó con la cabeza. El oficial añadió—. Ya veo. ¿Sabe quién es el dueño?
—Claro, es Peter Lanzani y vive en Las Hayas, cerca de Aberton —contestó aliviada de saber algo.
—¿El piloto de carreras? —exclamó el policía con asombro—. ¿Sabe que nos han informado del robo de este coche? —añadió él recuperando la compostura.
—¿Robado? —Lali le miró, perpleja—. ¡El muy sinvergüen¬za! sabe muy bien que no lo he robado, oficial. Sólo he salido a dar una vuelta, es todo.
—Bueno, me temo que eso tendrá que aclararlo en la comisaría, señorita. Su nombre por favor.
—Esposito —contestó Lali—. Mariana esposito —miró a los dos agentes con incredulidad—. ¿De verdad me van a arrestar?
—Me temo que sí. Si viene conmigo, el otro oficial llevará a comisaría el vehículo robado.
—No es robado —protestó Lali pero el oficial le puso una mano en el brazo y la hizo entrar en su coche—. Y será mejor que le diga a su colega que tenga cuidado, pues el motor es demasiado potente si no se está acostumbrado a él.
El viaje fue muy corto, pero Lali se daba la vuelta con fre-cuencia para asegurarse de que el Ferrari los seguía y estaba a salvo, aunque sería una buena lección para Peter si se lo estropeaban.
En la jefatura tuvo que sufrir la humillación de que la registraran y la encerraran en una celda durante lo que le parecieron siglos, antes de que un fiscal le tomara declaración. El hombre la miró con sorpre¬sa cuando le dio el nombre y la dirección de Peter.
—Creo que será mejor que llame al señor Lanzani —comentó el hombre.
—Hágalo —asintió Lali, pensando que al menos le había
estropeado la noche con Delia; hacer el amor sería lo último en que pensaría Peter sabiendo que su amado Ferrari estaba en peligro.
Creyó que la iban a dejar irse pronto, pero pasó una hora antes que la soltaran. Sin embargo, no se aburrió durante la espera pues dos policías jóvenes estuvieron tomando té y charlando con ella y le dijeron que admiraban su habilidad para conducir el Ferrari.
Peter mandó a Agus para recoger a Lali. El mecánico la enfrentó con el ceño fruncido, para beneficio de la policía, pero no pudo ocultar que todo le parecía muy gracioso. Entregó una declara¬ción de Peter en donde decía que no iba a presentar denuncia y los policías le entregaron a Lali las llaves del Ferrari. Al salir de la comisaría, Agus vio la cara furiosa de la chica y se echó a reír.
—No tiene gracia —protestó Lali—. Peter no tenía ningún derecho de decir que había robado el coche.
Agus rió otra vez.
—¿está enojada? Debería haber visto a Peter cuando se dio cuenta de que se había llevado el Ferrari. No me gustaría estar en su pellejo cuando volvamos. He venido en su camioneta. Puede volver en ella y yo llevaré el coche.
Lali le miró con furia pero ya lo había pensado así antes.
El regreso a Las Hayas fue mucho más lento que la salida. La casa pitaba bien iluminada aunque eran las tres de la mañana. Agus llegó antes que Lali para asegurarle a Peter que el coche estaba intacto. Bajaba cuando Lali entró en el vestíbulo.
—Quiere verla —le informó con una amplia sonrisa—. Ahora mismo.


lo prometido es deuda AVISO: se acerca la reconciliación un beso enorme @pupy_angelita
Sandra  no te hagas drama me pasa a mi con el estudio 

novela: triunfo del amor capitulo 7 primera parte

LALI ni siquiera pensó en acostarse. ¿Para qué? No hu¬biese podido dormir sabiendo que Peter estaba con su antigua amante en el cuarto de al lado. Al principio inten¬tó concentrarse en otras cosas; arregló sus cajones y sacó la ropa que estaba sucia. Pero eso sólo le llevó diez minutos y no tenía otra cosa que hacer más que escuchar la música del dormitorio... y la ocasional risa femenina. De pronto cesó y todo fue peor. Si Lali hubiera tenido una radio a mano la habría encendido, pero le parecía impro¬pio bajar al estudio por una, aunque lo deseaba mucho.
Durante diez minutos, estuvo sentada pensando en el posible motivo de ese silencio. ¿Qué podía hacer? Nada, a menos que aporreara la puerta cerrada... De pronto, se le ocurrió algo y se levantó dudando de si se atrevería a hacerlo. Entonces recordó la mirada retadora de Peter y decidió que sí. Sin pensarlo dos veces, se puso una chaqueta y corrió al estudio en donde cogió unas llaves del escritorio de Peter. El corazón le latía a toda velocidad por la trave¬sura que iba a hacer. Corrió al garaje y abrió las puertas. No tenia que preocuparse de no hacer ruido, pues Agus había salido con sus amigos y las ventanas de su cuarto estaban oscuras.
Encontró el interruptor y las lámparas de neón iluminaron el garaje como si fuera de día. Allí estaba, el Ferrari rojo de Peter, como una joya aparcado entre su camioneta y el elegante coche de Claudia. El coche que sólo Peter conducía. Lali lo abrió y entró en el Ferrari. Hurgando, encontró la palanca que ajustaba el asiento a su tamaño y luego puso en marcha el motor, segura de que Agus le mantenía a punto. El rugido de la poderosa máquina inundó el gara¬je. Con una sonrisa de malevolencia encendió las luces y arrancó para pararse frente a la casa, justo debajo de la ventana de Peter.
 si hay por lo menos 3 firmas subo el mejor cap de todos besossss

viernes, 30 de marzo de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 6 ultima parte

Ayudó a Claudia a subir la comida y Lali se quedó en la cocina preparando su cena y la de Claudia. Mientras comían estuvieron char¬lando y le resultó fácil no pensar en Peter y en sol; pero después, viendo una película en la televisión, fue más difícil no imaginarlos juntos.
Claudia les había recogido los platos pero el champán y las copas se quedaron arriba. Era una botella bastante grande, una que le habían dado como regalo por haber ganado una carrera. Lali se preguntó cuánto habría bebido Peter, pero no se preocupó mucho; no bebía en exceso y no lo necesitaba para lo que se proponía hacer esa noche.
Hacia las diez sonó el teléfono y fue a contestar, pero oyó que también Peter descolgaba en su cuarto.
—Hola, Lali, soy Max.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien. Oye, de esta tarde...
Lali esperó oír que Peter colgaba, pero no lo hizo y Max prosiguió:
—... siento haberte dejado en el sendero y no he podido locali-zarte en el bosque.
—No... los perros encontraron un conejo y tuve que ir tras ellos —explicó la chica.
Hubo un ruido en la línea que pudo ser una risita de burla; luego se oyó que Peter colgaba.
—¿Volviste antes de que lloviera? —preguntó Max.
—Pues... no.
—Bueno, esperemos que no llueva el domingo en el otro bosquecito —Lali iba a hablar, pero Max siguió diciendo—. Ahora no estás libre, ¿verdad? Sé que es tarde, pero acabo de volver de una visita y he pensado que quizá podríamos ir a tomar una copa... para compensar lo de esta tarde.
Por un momento, Lali se sintió tentada. Sería pagarle a Peter con la misma moneda. Pero no sería justo para Max, así que le dijo:
—No, me temo que no. Y Max... acerca del domingo, no creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? Ya hemos quedado —protestó el médico.
—Sí, lo sé, pero he estado pensándolo y creo que sería mejor que dejáramos de vernos.
—¿Pero por qué? Creía que nos llevábamos bien. ¿Te he hecho algo o...?
—No —interrumpió Lali—. Lo siento, pero no quiero volver a salir contigo.
—No puedo aceptarlo, Lali. Tienes que decirme por qué —in-sistió él.
—Mira, no... deseo discutirlo por teléfono. Por favor, trata de aceptar mi decisión. Es para bien de los dos.
—No, no la aceptaré. Iré a buscarte el domingo y aunque no salgas conmigo, me dirás por lo menos qué pasa. Me debes eso, Lali.
—No, lo siento. Yo... no puedo —colgó antes de que pudiera minar su resolución.
Lali regresó a la sala y se quedó mirando la televisión como si fuera una enajenada mientras se preguntaba qué sucedería arriba. No le importaba desde un punto de vista emocional, claro, pero como enfermera le preocupaba que Peter tratase de poner a prueba su fuerza.
A las diez y media apagó el televisor y se despidió de Claudia. Su ex suegra dejó de leer una revista y le sonrió al decir:
—Es un poco temprano, ¿no? No, supongo que no. Buenas noches, querida.
Lali fue a su alcoba y a través de la puerta de comunicación, pudo escuchar la música suave y sensual que provenía del cuarto de Peter. Oyó también risas; parecía que se estaban divirtiendo. Llamó a la puerta y entró.
sol estaba reclinada en la cama de Peter y se apoyaba en el hombro de él. estaba un poco despeinada y sonrojada por la bebida, y sostenía una copa en la mano. Lali vio la botella y notó que habían consumido una cuarta parte. Luego levantó la vista y observó a Peter.
—Por favor, entra —se burló él—. ¿Quieres un poco de cham-pán?
—no, gracias —Lali se dirigió hacia él pero se detuvo. Lleva¬ba el pijama azul que ella había escogido con tanto cuidado. ¡Canalla! Lali le cogió la muñeca casi con repugnancia y le verificó el pulso mientras miraba a Peter con frialdad, pero él sólo la observó con esa mirada retadora que la hacía querer matarle.
—¿Cuánto has bebido? —inquirió soltándole la muñeca.
—Suficiente —declaró él con sutileza y doble sentido mientras la seguía mirando con burla.
Lali estuvo a punto de recomendarle a sol que no le dejara sobrepasarse, pero se contuvo cuando notó que también ella la mira¬ba, divertida.
—Buenas noches, entonces —dijo Lali con frialdad mientras se dirigía a la puerta por donde había entrado. Al volverse para cerrarla, vio que Peter le susurraba algo a sol en la oreja, y después oyó que cerraban con llave.
 y  les advierto en el prox capitulo empieza la diversion un beso enormeee lo prometido es deuda @pupy_angelita

novela: triunfo del amor capitulo 6 quinta parte

—¿No deberías haber añadido «todavía»?
—¡No! —exclamó la chica—. Por el amor de Dios, Peter, apenas le conozco.
—¿Pero te gusta?
—Sí, sí me gusta. Es muy... agradable —dijo sin saber cómo responder.
—¡Ah, agradable! Ya veo lo que te atrae de él. Tal vez quieras decir que es muy tranquilo. Es poco probable que conduzca a más de ochenta kilómetros por hora y seguro que nunca se arriesga. Sí, para una cobarde como tú, Max debe ser irresistible.
—Bueno, como eres el extremo opuesto, deberías de estar muy contento con sol —protestó, enfurecida—. Deberías convenirle... siempre y cuando puedas volver a conducir, por supuesto —apagó la lámpara y empezó a darle crema en las piernas, con brusquedad.
—¡Ay! —Peter se rió, sin embargo gimió de dolor—. No te voy a pedir que me expliques ese comentario. Las mujeres siempre sois unas fieras cuando estáis celosas.
—Tú sí que puedes decir algo, estás celoso hasta morir de Max.
—Sí, lo estoy —de pronto, Peter se puso serio y le cogió una mano—. Pero no en la forma en que piensas. Te sobrestimas si crees que estoy celoso por ti. No, le envidio porque es capaz de andar y de coquetear. Por ser capaz de trabajar, de vivir y de amar, en vez de estar atado a esta maldita cama para el resto de su vida.
Él la soltó, se volvió y empezó a temblar. Lali se quedó inmóvil un momento y se dio cuenta que estaba convencido de que no iba a volver a andar, que nada de lo que había hecho le había infundido el deseo de curarse.
Lali le colocó los diodos y encendió la máquina que llenó el silencio con su ligera vibración.
Siguió trabajando en sus piernas, pero no habló hasta que apagó la máquina.
—Ya te dije que hay buenas posibilidades de que vuelvas a andar con el tiempo —le recordó Lali—. Quizá antes de lo que piensas. ¿Y qué te impide trabajar? Seguro que hay muchas cosas que puedes hacer desde la cama.

Peter se tumbó y ella le acomodó las almohadas para que pudiera sentarse de nuevo.
—¿De verdad? —dijo con sarcasmo—. ¿Qué sugieres?
—Bueno, podrías hacer obras de caridad, para empezar —expli-có la chica—. Hay mucha gente que está peor que tú y que necesita ayuda.
Él la miró con malevolencia al decir:
—¿Y cómo me las arreglo para hacerlo?
—Usa el cerebro —replicó Lali—. Lo tienes en la cabeza y no en las piernas, ¿no? ¿O también se te dañó en el accidente?
Se dispuso a salir pues estaba enojada, pero Peter dijo:
—Hay una cosa que se te ha olvidado, dices que podría andar y trabajar, pero... ¿hacer el amor?
Lali se sonrojó un poco, pero contestó con tanto cinismo como pudo:
—Físicamente puedes hacerlo. estoy segura de que los médicos te lo dijeron.
—Decirlo... y comprobarlo son cosas muy diferentes —señaló con sarcasmo—. Creo que es imposible con las piernas así.
—Pero no si... —Lali se interrumpió.
—¿Sí? —Peter levantó las cejas—. Bueno, continúe... enferme-ra, no se detenga.
Lali respiró hondo ya que se vio en una trampa, y se preguntó qué camino seguiría Peter para atraparla.
—No si la... persona con quien hagas el amor... te ayuda.
—¿Ayuda? —Peter fingía incomprensión—. ¿Quieres decir que ella me hiciera el amor? —Lali asintió y él continuó—. Ah, ya veo. ¿Pero quién podrá auxiliarme en este... experimento? —la miró con insistencia y ella no contestó. Trató de apartar la vista de los de él, pero no pudo; trató de hacer algún comentario que aliviara la tensión, pero en una batalla de voluntades como esa, no era rival para Peter y fue él quien rompió el silencio al decir, con cierta burla sugestiva—: ¿Tú, quizá?
Ella respiró. ¿Debería sentirse halagada de que la hubiera nom-brado antes que a Delia? Bueno, pues no lo estaba. Levantó la barbilla y replicó con desdén:
—Lo siento, pero hay un límite en lo que hago por mi salario.
Peter la miró con frialdad.
—En ese caso, será mejor que le digas a mi madre que me mande una botella de champán con la cena esta noche.
—No, Peter, no puedes. Es demasiado pronto. No tienes sufi-ciente fuerza para...
—Yo seré quien juzgue eso.
—Peter, por favor, no lo intentes. Podrías...
—Como acaba de recordarme, enfermera, usted es una emplea¬da. Y no le pago para recibir su opinión, así que salga de aquí.
—Tienes razón —replicó con amargura—. Nunca te molestaste en escuchar mis opiniones antes, así que, ¿por qué ibas a hacerlo ahora? —salió del dormitorio dando un portazo.
Pasó una hora antes de que pudiera reunirse con Claudia en la cocina.
—Lo siento, debí bajar para ayudarte —se disculpó la joven.
—No importa. Me gusta —añadió Claudia al colocar unas flores en la bandeja—. ¿Cómo quedan?
—Muy bonitas —dijo con sinceridad—. También has puesto las servilletas de nuestro regalo de bodas.
—Querida, ¿te importa? —Claudia la miró preocupada.
Sí le importaba, pero negó con la cabeza.
—No, claro que no. Se las dejé a Peter. Pero sólo hay dos bandejas, ¿no cenarás con ellos? —añadió, esperanzada.
—No. Peter no me querrá allí —Claudia se llevó una mano a la boca—. ¡Pero qué poco tacto! Debo vigilar mis palabras, pero es una situación tan rara —Claudia no solía ser tan torpe, sino al contrario, siempre era muy diplomática. Las circunstancias la habían confundi¬do—. Peter me ha pedido una botella de champán con la cena —co¬mentó Claudia extrañada—. ¿Podemos dejarle beber? Para sol, está bien, claro, pero mi hijo está tomando antibióticos y no debería ingerir alcohol; ¿verdad?
—No, pero lo hará de todas formas, así que, ¿para qué intentar disuadirle? —contestó Lali, sombría—. Una copa no le hará daño, pero sol debe asegurarse de que no beba más. El resto se lo tendrá que beber ella.
—Bueno, esperemos que aguante, no queremos tener a dos per¬sonas en cama —comentó Claudia y luego miró sorprendida a Lali cuando ésta rompió a reír.
En ese momento sol entró en la cocina.
—Hola. ¿Es una broma privada o yo también puedo reírme?
Lali gimió y empezó a atragantarse, y Claudia dijo:
—Ah, sí. Quiero decir no. Entra. Qué... vestido tan bonito.
—Gracias —dijo la visitante con sequedad mientras las mira-ba—. ¿Puedo ayudar en algo?
—Oh, no, todo está listo. Ya he llevado el carrito al cuarto de Peter. ¿Te gusta el budín? Lo he hecho para el postre.
Lali se sirvió un vaso de agua y miró a sol. Llevaba un vestido muy bonito, de lana, y estaba cortado con exquisitez para realzar las curvas de por sí redondeadas. sol estaba muy bien maquillada y se había peinado con elegancia.
—Qué lástima que Peter no pueda bajar para que pudiéramos comer todos juntos —acotó sol, aunque no pareció muy sincera.

en un rato masss besos

jueves, 29 de marzo de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 6 cuarta parte

Empezó a llover con más fuerza y Lali se metió el cabello bajo la chaqueta. Los perros encontraron una madriguera de conejos y ladraban con tanta alegría que no acudieron cuando les llamó. Cuan¬do consiguió ponerles la correa, llovía torrencialmente y se empapó al regresar a casa.
Se dio un baño rápido y se cambió de ropa, pero no le dio tiempo a secarse el pelo, pues tenía que ir con Peter. Hizo una mueca al ver su propia imagen en el espejo. El pelo se le había rizado y sólo pudo pasarse los dedos para apartárselo de la cara. Gimió en su ulterior. Los rizos acentuaban sus pómulos y la hacían parecer una gitana. Comparada con sol, parecía una pueblerina. Pero no podía hacer más que entrar y enfrentarlos.
Al llegar a la puerta, se detuvo dudando si debía llamar. Casi se puso histérica mientras trataba de imaginar qué sería correcto hacer al encontrar a su ex marido con su ex amante. Por fin abrió y entró con determinación.
Desde que la cama de Peter era más alta, habían llevado un par de sillas para estar a su nivel. Delia estaba sentada en una inclinada hacia delante, con la cabeza cerca de Peter. Cuando Lali entró se volvieron y ella le miró con la barbilla en alto, esperando su burla; pero él sólo se tensó y apartó la vista.
Intrigada, Lali se volvió hacia la rubia.
—Supongo que Peter te habrá dicho que hace fisioterapia dos veces al día. Ya es hora de su sesión vespertina.
—Entonces os dejaré solos —se levantó sol—. Iré a hablar un rato con tu madre antes de cambiarme para cenar —miró a Peter y se rió—. Vamos a cambiarnos para la cena, ¿verdad?
—Claro que sí—Peter sonrió y la cogió un rato de la mano antes de que sol se marchara.
Tan pronto como se fue, Lali preparó su equipo mirando a Peter de soslayo. Esperaba que se sintiera a sus anchas y estuviese satisfecho de haberle enjaretado a sol, pero Peter tan sólo se apoyó en la cabecera, con cansancio.
—¿Listo? —preguntó Lali.
Él asintió y ella le quitó las mantas mientras Peter se recostaba en la cama. Tenía el acostumbrado traje de baño y sus cicatrices sanaban bien.
—¿Te duele la cadera? —inquirió la chica.
—Casi nada.
Pero Lali vio su mueca de dolor y le recomendó:
—Ya no te sientes más hoy.
—Sí, enfermera —contestó con frialdad.
Ella le miró con furia; encendió la lámpara y se volvió, esperan-do.
El cuarto quedó en silencio, el único ruido era el tic tac del reloj, pero la tensión era enorme. Lali se mordió el labio, empeñada en no hablar, así que Peter fue quien dijo al fin, en tono acusatorio.
—Te has mojado.
—Sí, he salido a dar un paseo con los perros —comentó, sorpren¬dida.
—¿A dónde?
—Al bosque —contestó Lali—. Casi siempre los llevo allí, como solíamos hacer cuando... —se interrumpió al darse cuenta de que no era el momento de reavivar los recuerdos, pero Peter finalizó por ella:
—Cuando los sacábamos juntos —gruñó en silencio y luego pro¬siguió—. Pareces mucho más joven con el cabello así. Casi igual que cuando te vi por primera vez. Entonces te lo rizabas.
—Sí, supongo que sí, pero sólo tenía veinte años. Dentro de poco cumpliré veintisiete.
Peter la miró con atención al comentar:
—Es cierto, pronto será tu cumpleaños, ¿verdad? El mes que viene. ¿Tienes intenciones de celebrarlo?
—No lo había pensado hasta ahora —admitió Lali—. Quizá me compre una botella de champán.
—¿Y con quién vas a compartirla? —inquirió con burla—. ¿Con maximo recca?
Lali se tensó ante esas palabras.
—Quizá. Tal vez no la comparta con nadie.
—Vamos. ¿Tratas de que sienta lástima por ti?
—¡Lo último que quiero de ti es eso! —se enfureció Lali.
—Y yo de ti... o de cualquiera —dijo después de mirarla un momento.
—Bueno, yo no me apiado de ti, porque tú mismo te causaste esto.
—Supongo que la mala suerte no tuvo nada que ver —Peter levantó una mano—. No, no contestes; si no hubiera estado compi¬tiendo no habría sucedido, por supuesto. ¿Nunca se te ha ocurrido que podía haber un accidente en cualquier carretera normal?
—No creo que hubieses tratado de adelantar en una curva —se¬ñaló Lali.
—Parece que hoy en día tienes una respuesta para todo.
—Lo aprendí de una fuente de mucha experiencia —replicó Lali.
Él guardó silencio mientras ella ajustaba la lámpara.
—¿Te ha alcanzado el doctor recca? —dijo de pronto Peter.
—¿Qué te hace pensar que iba a intentarlo?
—Porque la visita de hoy ha debido de ser la más corta de toda la historia —rió—. Y después de ver cómo te besuqueaba en el jardín, no me costó gran trabajo imaginar por qué tenía tanta prisa. ¿Vas a salir con él de nuevo?
—Sí. Vendrá a buscarme el domingo —contestó con frialdad—. Y si te interesa, fui a comer con él ayer.
—¿Pero no le has dicho la verdad?
—No le he mentido.
—Sabes lo que quiero decir—protestó Peter—. Max podría sentir algo diferente si supiera que fuiste mi mujer. Es posible que no siguiera con esta aventura justo delante de mí.
—No es una aventura —corrigió Lali.

bueno nos vemos mañana gracias por las firmas un beso enorme @pupy_angelita