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miércoles, 4 de abril de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 8 ultima parte

—No puedo, Peter —Lali luchó por no llorar—. Sí, te amo, pero...
—Y yo te amo —la cogió de un brazo—. Lali, querida, te debo tanto. No me dejes de nuevo. No otra vez. Te deseo... ¿no te das cuenta?
—Peter, no sigas. Tengo que irme...
Pero él la acercó con fuerza y la besó con pasión, tratando de doblegarla. Lali se rindió por unos momentos y pensó que sería muy fácil rendirse y para siempre, pero se apartó y le sujetó de los brazos.
—No, Peter. Sabes que no puedo quedarme. A menos que dejes de competir en las carreras.
—No, todavía no estoy listo... —pareció querer decir algo más pero solo negó con la cabeza—. Lo siento, tengo que competir de nuevo—habló con verdadera tristeza y Lali supo que él entendía.
—¿Lo ves? —tembló—. Nada ha cambiado. Así que debes de-jarme ir, Peter. Y no lo hagas más difícil. Si algo me debes, permite que me vaya.
Le miró por última vez, pálido y tenso, y luego Lali cogió sus maletas y fue con Agus y Claudia. Se despidió de ellos y de los perros, pero no miró hacia la ventana de Peter cuando se fue en la camioneta.
En Navidad, Lali recibió tarjetas de Claudia y de Peter; él sólo había firmado la suya, pero Claudia le escribió una carta diciéndole que su hijo ya se estaba recuperando y que, aunque usaba las muletas, ya vivía una vida casi normal.
Claudia le mandó otra carta dos meses después, a una casa en donde Lali atendía a otro paciente. Le decía que Peter ya sólo usaba un bastón y no siempre. Después, Lali se enteró por los periódicos de la recuperación maravillosa de Peter y de su regreso a las pistas. Parecía que Peter entrenaba a fondo para participar en la primera carrera de Fórmula Uno de la temporada.
Eso congeló el corazón de Lali. Empezó a deprimirse como después del divorcio y se pasaba las horas sola en su cuarto. Llegó la fecha de la competición de Peter y coincidió con la recuperación de su último paciente, así que Lali pudo ir a Londres a dejar de fingir. Pero el día de la carrera, no pudo quedarse en su apartamento, tenía que salir y andar por las calles.
A las cinco, oyó las campanadas de una iglesia y supo que la carrera habría terminado. Regresó y se dirigió hacia donde un hom-bre vendía periódicos. Había cola en el puesto y al llegar su turno se quedó petrificada ante el titular. «Lanzani gana la carrera de su regreso».
Se alejó y le agradeció a Dios que Peter estuviera sano, pero deseó que hubiese perdido para que no le gustaran más las carreras. Pero había ganado y Lali sabía que nada le detendría y que parti-ciparía en todas. Viajaría y viviría como a él le gustaba, arriesgándolo todo hasta que... Lali dejó de pensar en ello y subió a su aparta-mento. El teléfono sonaba pero dejó que siguiera haciéndolo y cuan-do colgaron, lo desconectó; no estaba de humor.
No encendió el televisor ni la radio ni comió nada; sólo puso un poco de música. Era una melodía, bastante triste, sobre un amor recuperado y perdido. La hizo llorar y sus lágrimas por último cesa-ron; Lali se quedó sentada allí, aunque la música había termi¬nado hacía rato.
El sonido del timbre la sacó del ensueño y la hizo saltar. Se sentó y miró el reloj. Eran casi las nueve. Pensó que quizá la vecina nece-sitaba algo.
—Hola, Lali —dijo Peter—. ¿Puedo entrar?
Ella le miró sorprendida, y él entró observando su tristeza y sus ojeras. Se dirigió hacia la sala.
—Así que aquí es donde vives —se volvió para mirarla—. Con frecuencia me preguntaba en dónde vivirías. Trataba de imaginarte aquí.
—¿Has venido por eso? —jadeó con voz atragantada—. ¿estás... de paso?
—No, claro que no —parecía divertido.
—Entonces, ¿por qué...? no entiendo por qué estás aquí.
—¿De verdad?
—No, yo... —se detuvo y se tensó—. Si has venido a agradecer¬me que te haya curado para que ganaras esa maldita carrera...
—Así que sabes que he ganado.
—Sí —Lali apretó los puños—. He visto la noticia en el pe¬riódico.
—¿Y eso es todo lo que has visto? ¿No has visto la televisión?
—No —frunció el ceño, intrigada—. ¿Por qué?
Pero Peter miró el reloj y dijo:
—Ya son casi las nueve, vamos a ver las noticias —y encendió el televisor.
—¿Qué es esto, Peter?
—Cállate y mira —ordenó él en un tono que ella conocía dema¬siado bien. En seguida Peter le sonrió y le acercó una silla—. Ven, será mejor que te sientes.
—Pero yo...
—Calla —le puso una mano en el hombro y la sentó—. Mira.
—No tengo por qué recibir órdenes de ti —dijo mirándole con furia, pero lo que vio en su rostro la hizo contener la respiración y se volvió hacia la pantalla.


La carrera de Peter salió después de unas noticias. Sacaron cómo había adelantado a los otros coches por una brecha muy estrecha, para tomar la delantera y mantenerse en el primer sitio. La gente estaba emocionada cuando Peter dio la vuelta del ganador. Lali le miró intrigada, pero él le dijo que siguiera viendo la televisión. Luego sacaron el podium y la recepción del premio y el acostumbrado baño de champán y un primer plano donde Peter decía algo a los reporte¬ros. Empezó por agradecer a sus fanáticos su apoyo moral, a su equipo por darle la oportunidad de conducir de nuevo y:
—Lo más importante —añadió Peter—, quiero agradecer a mi fisioterapeuta por convencerme de que podía andar de nuevo y por hacer que me recuperara tan pronto.
Así que de eso se trata, pensó Lali, quiere que me entere de que ha expresado su gratitud ante todo el mundo. Bueno, ¿y qué? Empezó a sentir la dolorosa desilusión pero Peter empezó a hablar de nuevo.
—Éste ha sido un día grandioso para mí en dos sentidos —seguía Peter—. El ganar esta competición después de estar ausente tanto tiempo ha sido una culminación maravillosa para mi trayectoria como piloto de Fórmula Uno. Me había empeñado en participar en esa competición y ahora estoy igualmente decidido a dejar de competir, retirarme y volver a la vida familiar. Será una tarea más difícil, pero mucho más satisfactoria que cualquier Gran Premio en que haya participado —se despidió y estrechó las manos de su equipo de carre¬ra. El comentarista hizo un somero resumen acerca de los triunfos pasados y las noticias continuaron. Se terminó.
Durante un tiempo, Lali no se movió y Peter apagó el televisor y se acercó a ella.


—¿Lali? —inquirió, ansioso—. Tenía que probarme a mí mis¬mo que podía hacerlo, que no había perdido el coraje. Si no lo hubiera hecho, me habría perdido el respeto. ¿No te das cuenta?
—¿Por qué no me lo dijiste?
—En las circunstancias... no podía —se encogió de hombros—. Tenía que hacerlo solo.
—Ya veo.
—¿De verdad? —él se levantó y la hizo ponerse de pie. Murmuró con suavidad—: Me has hecho un hombre completo, Lali. Salvo por una cosa —le sonrió—. Necesito una mujer.
—¡Maldito! He pasado por un infierno todas estas semanas. Debería negarme a casarme otra vez contigo.
Peter torció la boca en un esfuerzo por no reír.
—Pero Lali, necesito mucho una mujer.
Ella le miró los ojos oscurecidos y se sonrojó.
—¿Tanto, eh?
—Más —le besó la sien y el cuello y Lali gimió al sentirle cerca, pero antes de sucumbir por completo, susurró:
—Oye, ¿recuerdas esa apuesta que hicimos? Nunca te pedí mi premio.
Él la miró desde la profundidad de sus ojos grises.
—¿Ya sabes qué es lo que quieres?
—Mmm. ¿Tienes...? Si todavía los tienes, ¿podrías devolverme mis anillos algún día? Los echo mucho de menos.
Peter la miró con amor y metió la mano en su bolsillo.
—Pues resulta que... —y le deslizó las sortijas por el dedo—. Y no me los devuelvas nunca —dijo con una voz que recordaba el tormento sufrido.
Lali sonrió.
—No, no te los devolveré.
—Bien —le besó con pasión creciente pero al fin expresó—: Ahora que es como si estuviéramos casados, ¿podemos...? —e hizo un gesto hacia el dormitorio.
Lali se rió y dejó que la cogiera de la mano.
—Supongo que todos los ganadores se merecen un premio. Peter la llevo a la alcoba y cerró la puerta. —Bueno, esta batalla la has ganado —sonrió un poco apenado. —No —ella le rodeó el cuello con los brazos—. Hemos ganado los dos.
—Quizá sea cierto —dijo mirándole el rostro radiante.

FIN

Y aqui me despido yo con esta hermosisima historia dentro de un rato subire los argumentos para que ustedes elijan acuerdense hasta el domingo podran decidir un beso enorme gracias por las firmasss las quiero nos volveremos a ver @pupy_angelita

martes, 3 de abril de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 8 tercera parte

—¡Lali! ¡Lali, despierta!
Al salir de la terrible pesadilla, permaneció confundida por un momento, incapaz de reconocer qué mundo era el real ya que el sueño había sido muy vivido. Entonces vio que Peter pitaba delante de ella y que la sacudía de un hombro mientras trataba de equilibrarse en las muletas. Suspiró con alivio y se sentó en la cama, se llevó las manos a la cabeza y el cuerpo todavía le temblaba de miedo.
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
—está bien. Ya ha pasado —Peter se sentó con torpeza en la cama y abrazó a Lali mientras la mecía como a una criatura—. Sólo ha sido un sueño, cariño.
Lali se estremeció y se aferró a Peter, todavía sudando de terror.
—Ha sido tan real. De verdad que te ibas... —se interrumpió y se alejó un poco—. Lo siento, te he despertado.
—Pensaba que te pasaba algo horrible —Peter le miró la cara sonrojada—. Y tenía razón. Ha debido ser una pesadilla espantosa.
Lali asintió y se apoyó en la cabecera, estremeciéndose.
—estoy bien.
—No lo parece. ¿De que se trataba el sueño?
—¿Qué? —Lali se llevó una mano a la cabeza—. No lo re-cuerdo.
—Sí, lo recuerdas. Era sobre mí, ¿verdad? —ella no contestó y él siguió—. Será mejor que me lo cuentes, Lali.
—No importa. Era sólo un sueño —negó.
—Pero lo bastante real como para que me llamaras a gritos.
—¿Es cierto? ¿Qué he dicho? —estaba sorprendida.
—Mi nombre y has gritado «Detente» y «No», así que no es difícil imaginar lo que soñabas. ¿estaba compitiendo en una carrera?
Lali dudó pero dijo:
—Sí, mis pesadillas siempre son sobre las carreras.
—¿Has tenido estas pesadillas antes? —inquirió con increduli-dad. .
—Oh, sí —contestó amargada—. Solía tenerlas... cuando com-petías. Nunca cuando estabas en casa, pero creí que las había supe¬rado desde... desde que me fui.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca las tenía cuando estabas en casa. Si te lo hubiera dicho, ¿me habrías creído? Quizá hubieses pensado que sólo era una artima¬ña más para que dejaras de competir.
Peter no habló, frunció el ceño y luego comentó:
—Tienes razón, hubiera pensado eso. Consideraba tus deseos de que me retirara como de una batalla y estaba decidido a ganar. Pero la batalla se volvió una guerra y estaba tan ocupado en ganar que no me di cuenta de lo que estaba perdiendo hasta que fue demasiado tarde. No lo entendí, ¿verdad? —dijo acariciándole la mejilla.
—Ni siquiera lo intentaste —rió sin humor Lali—. Sólo espe-rabas que fuera como las demás chicas que iban tras de ti, seguirte por todo el mundo y vivir para las carreras. Bueno, quizá fui así al principio, mareada por el esplendor... pero la fantasía se acabó y sólo quedó el hombre a quien amaba, arriesgando su vida una y otra vez hasta que ya no pude soportarlo —se detuvo y susurró—. Lo siento. Eso no era... necesario. Debo haber bebido mucho, me he puesto sentimental.
—O sincera.
—Será mejor que te vayas a dormir, Peter. Gracias por venir.
—De nada —la miró un momento y luego le puso una mano en la nuca y le besó los labios. Fue un beso de profunda ternura, sin pasión, pero lleno de calor y sentimientos, una caricia que la envolvió y la hizo sentir que sólo existía esa cercanía, ese goce exquisito de sus labios en los de ella.
Se separaron y Lali sintió un vado doloroso. Apartó la vista, incapaz de mirar a Peter y dijo con rapidez:
—¿Puedes levantarte? ¿Te ayudo?
Peter no contestó de inmediato pero ella no le miró y él replicó tenso:
—No, puedo hacerlo —se incorporó—. Buenas noches, Lali.
—Buenas noches. Si tengo otra pesadilla, báñame con agua he-lada —Lali oyó que se alejaba y cerraba la puerta.
Sólo entonces, gimió y hundió la cara en la almohada con dolor. Yació así un largo tiempo y cuando vio la luz del alba, tuvo que aceptar que la hora había llegado y que debía marcharse del lado de Peter otra vez. Sólo que iba a ser un millón de veces más difícil que la primera.
Lali se levantó y llamó por teléfono. La primera persona fue maximo recca y le resultó un poco difícil, pero le dio los informes que Lali necesitaba para hacer la segunda llamada. Para su alivio funcionó tal como esperaba y pudo hacer las maletas y llevarlas al recibidor. Después, fue a ver a Claudia. Le preguntó si podía disponer de Agus una hora.
—Claro que sí. ¿Quieres que te arregle la camioneta?
—No, pero quiero que guarde el equipo de fisioterapia. Me voy hoy, Claudia.
—¿Por qué? —la señora la miró—. Después de anoche..,
—Anoche comprobé que Peter ya no me necesita. Dentro de poco estará completamente bien. No te preocupes.
—No es eso —Claudia dudó pero dijo—: Peter y tú... yo espera¬ba...
—Acordamos que me quedaría hasta que estuviera bien otra vez.
—Pero de todas formas. Seguro os habéis acercado y...
Lali se dirigió hacia la puerta.
—No. Con permiso, voy a buscar a Agus.
¿Ya se lo has dicho a mi hijo?
—Todavía no. Pero será mejor que se lo diga yo, Claudia.
—Sí, claro —la señora parecía atónita—. Pero, ¿cómo va a arre¬glárselas sin enfermera y sin terapia?
—No te preocupes, todo está bajo control. Sabes que no le abandonaría de otra manera.
Se escapó al garaje pero tuvo que repetir lo mismo a Agus, antes que él le bajara el equipo. Entonces, Lali fue con Peter.
—¿Qué está pasando? —inquirió cuando ella cerró la puerta—. ¿Qué hace Agus? —tenía puesto el chandal! y estaba mirando la camioneta por la ventana—. ¿Le pasa algo a tu máquina?
—No, nada —contestó Lali—. Agus la está metiendo en la camioneta, es todo.
Iba a seguir, pero no fue necesario pues Peter comentó:
—¡Te marchas!
—Sí. Ya he arreglado las cosas para que el entrenador del equipo de fútbol venga a darte la terapia. Max dice que es el mejor de por aquí.
—¿maximo recca? Así que sabe que te marchas.
—Sí —reconoció Lali—. Me he despedido de él.
—Y ahora vienes a despedirte de mí.
—Sí —repitió la chica.
—Pero, ¿por qué? —Peter se irguió—. ¿Por qué hoy? ¿Por qué tan pronto?
—Anoche viniste a cuidarme a mí, así .que me di cuenta de que si puedes hacerlo, ya no me necesitas —sonrió—. Puedes bajar por la escalera y Agus te llevará en coche a hacer la terapia. estarás bien.
—No me refiero a eso, lo sabes. Quiero que te quedes —se impacientó—. Y tú también lo deseas. Dijiste que todavía me ama¬bas. Quédate, Lali —urgió—. Sé mi mujer de nuevo.


y bueno les dejo este cap y nos leeremos mañana con el final NO SE LO PIERDANNN gracias a todas por las firmas mañana les dejo argumentos de novelas nuevas y sabran los resultados el domingo cuando publique el primer cap un beso enorme @pupy_angelita

lunes, 2 de abril de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 8 segunda parte

—Entra, estamos aquí.
Lali entró en el cuarto y... se quedó inmóvil. estaba lleno de rosas que impregnaban el aire con su perfume. Pero lo que atrapó la mirada, fue Peter. estaba de pie... sin las muletas y parecía... tan similar al antiguo Peter, que Lali sólo pudo mirarle fijamente.
Él sonrió y se alegró de que su sorpresa hubiese sido tan exitosa y dijo:
—Feliz cumpleaños, Lali.
Ella pensó en mil cosas a la vez: que no debería pitar sin muletas, que pitaba muy atractivo, que las flores eran las mismas que las del ramo de novia y de los aniversarios de bodas... No, todo estaba bien. Agus estaba cerca por si Peter se caía; había tantas flores; «¡Dios, Peter!, ¿por qué has hecho esto cuando sabes que debo dejarte?» pensó.
—Creo que estoy clavado aquí —dijo Peter—, pero si quieres acercarte te podría dar un beso de cumpleaños—. Lali anduvo de forma irresistible a él. Cuando la cogió de los brazos, ella cerró los ojos y se concentró en su roce. Él tensó las manos un momento y luego le besó la mejilla—. Lali, yo...
Ella abrió los ojos y se dio cuenta de que la miraba de forma intensa e impotente. Pero se inclinó y la besó con firmeza en los labios.
Lali se sonrojó y se alejó haciendo que Peter perdiera el equilibrio. Todos trataron de cogerle y se rieron, la joven pudo recobrar la compostura pero todavía estaba sonrojada cuando Peter se dirigió al comedor con sus muletas.
Entre Claudia y la señora Campbell, habían preparado un banquete y el ama de llaves lo sirvió. Después de la deliciosa comida, siguió un pastel con veintisiete velitas. Hubo vino y champán.
—Ahora debes pedir un deseo antes de apagar las velas —le recordó Claudia—. Y espero que se haga realidad, querida... sea lo que sea.
Lali sonrió y trató de pensar en algo. Había muchas cosas que deseaba y ninguna se volvería realidad. Negó con la cabeza, se entris¬teció y se dio cuenta de que Peter la miraba con el ceño fruncido. Sonrió y apagó las velas, gastó una broma que hizo reír a Claudia y Agus, pero no engañó a Peter ni por un segundo.
Para borrar ese mal momento, Lali bebió mucho champán, pero era consciente de que Peter la miraba y sólo bebía agua mineral. La fiesta terminó a las once cuando Lali notó que Peter pare¬cía cansado. Agus y ella le ayudaron a subir por la escalera y el mecánico le ayudó en el dormitorio mientras Lali se iba a su cuarto. Miró su imagen en el espejo y notó que parecía joven y emocionada. Esa noche había sido toda una sorpresa. Había sido una fiesta de cumpleaños maravillosa que recordaría siempre. Y lo mejor de todo era que Peter no lo había olvidado. Debía haber vaciado todas las floristerías de la comarca para reunir tantas rosas. Lali bajó para buscar uno de los floreros y ponerlo junto a su cama.
Se desvistió y fue al dormitorio de Peter.
—¿estás bien? —inquirió ella.
La lámpara estaba encendida y Lali se dio cuenta de que él estaba cansado y listo para dormir. Peter le cogió una mano.
—Sí, muy bien. ¿Y tú?
—Claro que sí. Gracias... por lo de esta noche.
Él sonrió y llevó su mano a los labios en un gesto tan familiar que a Lali le dio un vuelco el corazón.
—¿Qué hiciste en tu último cumpleaños?
—No gran cosa —contestó.
Quizá hubo algo en su voz, porque Peter la miró con más aten-ción.
—Dímelo —insistió él.
—No es muy agradable —pero Peter no cejaría y Lali suspi¬ró—. estaba trabajando. Un anciano se había roto la cadera y le estaba cuidando en su casa de Gloucester. Tenía un hijo, como de cuarenta años, que también vivía en la casa. Este señor me vio abrir mis tarjetas durante el desayuno e insistió en llevarme a cenar esa noche, aunque yo no quería ir. ¿Te tengo que contar el resto? Quería que correspondiera a la cena y se enojó cuando me negué. No podía quedarme más tiempo en esa casa, así que me fui al día siguiente —había bajado la mirada, pero levantó la cabeza para mirar a Peter y comentar en tono de broma—: Son los gajes de ser una chica trabajadora —pero calló al ver la furia en los ojos de Peter.
—¿Quién era? Me gustaría matar a ese bastardo.
—Peter, por el amor de Dios. Pasó hace mucho tiempo. Ni siquiera recuerdo su nombre. Y de todos modos, los hombres creen que tienen derecho de coquetear con la enfermera. Es el riesgo de la profesión. Tú mismo lo dijiste —le recordó ella.
—Debes abandonar este trabajo.
—Sabes que no puedo.
—Podrías si aceptaras el dinero que te ofrecí —replicó Peter—. Pero eres muy orgullosa y necia.
—Estoy bien —sonrió Lali—. No te preocupes por mí, puedo cuidarme sola.
—No deberías tener que enfrentarte a hombres indeseables—dio un manotazo en la cama—. No puedo soportar el pensar que te manoseen.
—Peter, no sigas. Por favor. Mira, estás cansado. Me iré para que puedas descansar un rato.
Ya se iba pero él le cogió de nuevo la mano.
—Puedes evitar que yo te ayude, pero no que me preocupe por ti... o que me importes.
—No, supongo que no —suspiró Lali y luego endureció la voz—. Parece que los dos tenemos un problema el respecto. Buenas noches, Peter —y se alejó antes de que siguiera el mutuo tormento.
Pero aunque también estaba cansada, le costó dormirse. Hasta el momento había pensado en Peter tan sólo como paciente, pero todo lo que había ocurrido esa noche resultaba muy perturbador. Peter volvía a ser el mismo. Masculino, lleno de vida y fuerza. Y ya no podía reprimir la gran atracción física que todavía sentía por él. Había pasado tanto tiempo desde que él la abrazaba y... la amaba. Se revolvió en la cama, inquieta, con el cuerpo enfebrecido y ansioso.
Se rindió y dejó que los recuerdos la inundaran hasta que se durmió. En la madrugada soñó que Peter participaba en una carrera en donde ella sabía que se iba a estrellar. Lali corría, tratando de advertírselo, pero sus piernas parecían de plomo y no podía llegar. Empezó a llamarle, a gritarle que no subiera al coche, pero veía que Peter empezaba a meterse en la pista. Gritó su nombre de nuevo, sabiendo que resultaría mentalmente herido y sintió que el terror se apoderaba de ella...


aqui les dejo uno mas ULTIMOS 2 CAPITULOS aviso no todo es lo que parece un beso enorme @pupy_angelita nos leeremos mañana

novela: triunfo del amor capitulo 8 primera parte

DESPUÉS de este éxito, nadie pudo detener a Peter. Empezó a usar las muletas más y más cada día. Todavía hacían sesio¬nes de fisioterapia; y Lali le daba más masajes en las piernas y las caderas, lo cual era algo que a ella le agradaba mucho y a la vez sentía rechazo. Trataba de ser profesional y práctica, pero el solo tocar la piel de Peter le despertaba los recuerdos más tiernos. En el pasado, cuando él estaba tenso, le pedía que le diera un masaje y como siempre habían sido muy susceptibles sexualmente, solían aca¬bar haciendo el amor. De hecho, se había vuelto parte de su lenguaje íntimo; Peter sólo tenía que tensar los músculos y mirarla, para que Lali supiera exactamente lo que significaba. A veces, pensaba que él también lo recordaba, porque apretaba los puños y su cuerpo se tensaba en vez de relajarse.
Ninguno de los dos decía nada al respecto. Peter estaba ejerci-tándose tanto que Lali tenía que quitarle las muletas para que descansara. Progresaba día a día y para cuando llegó el cumpleaños de Lali, ya podía salir de la cama y vagar por el cuarto y el baño con facilidad.
Cuando Lali despertó esa mañana, se quedó tendida un rato, pensando en otros cumpleaños mucho más alegres, y luego se levantó para vestirse deprisa, desechando los recuerdos. Ese año, como el anterior, no iba a celebrarlo. Pero se equivocó, porque al bajar a desayunar había una pila de tarjetas junto a su plato. El cuarto estaba vacío y Lali se quedó mirando las tarjetas preguntándose si no habría preferido que la ocasión pasara inadvertida.
—Feliz cumpleaños, querida —dijo Claudia y le dio un beso afec¬tuoso en la mejilla—. Te he preparado tu desayuno favorito: empa¬nadas y zumo de naranja natural.
—No tenías que molestarte —protestó Lali.
—No digas tonterías. Los cumpleaños son una ocasión especial. ¿No vas a abrir las tarjetas?
Las primeras eran de la familia y de los amigos de Lali, pero en seguida, había una de Agus y una de los dos perros, lo que le hizo reír. La última era de Claudia.
—Gracias —dijo Lali, sincera—. Es muy bonita —dudó y luego cogió el pequeño paquete que había al lado.
—Ése es mi regalo para tí —le dijo la señora.
Con manos firmes, Lali quitó el papel y abrió la cajita. Dentro había un broche con forma de mariposa, diamantes y lapislázuli. Lali abrió los ojos.
—¡Pero Claudia, es una de las joyas de tu abuela! Es el broche de Rene Lalique, ¿verdad?
—Sí —reconoció Claudia—. Pero quiero que sea tuyo.
—Pero no puedo aceptar. Es demasiado valioso —Lali lo metió en la caja y trató de devolverlo a Claudia. Pero la señora negó con la cabeza al decir:
—Tú me has devuelto algo mucho más valioso, algo que jamás podré pagarte.
—Si te refieres a Peter, se hubiera recuperado de todos modos. Claudia, estoy segura.
—Bueno, no estoy de acuerdo contigo. Pero por favor, acepta el broche, Lali. Como un pequeño detalle de lo mucho que aprecio lo que has hecho por mi hijo. Me hará muy feliz saber que lo usas tú.
—Gracias. Lo guardaré... como un tesoro, siempre —dijo Lali aceptando con renuencia, pero sabiendo que de lo contrario ofendería a su ex suegra—. Y me alegro de que... todo haya salido como esperabas.
—Creo que las cosas saldrán mucho mejor de lo que suponía —añadió Claudia con una sonrisa significativa.
Lali se lo agradeció de nuevo y desayunó con lentitud, pospo-niendo el momento de subir con Peter.
—¿Te importaría ir después al pueblo por unas cosas que nece-sito? —preguntó Claudia—. Le prometí a la señora Allison que la
recogería en casa de su hermana a las seis y media, pero no me dará tiempo.
—Claro, pero...
—Gracias —dijo Claudia antes de que Lali pudiera protestar y salió con la bandeja.
Lali suspiró, resignada; no le importaba recoger a la señora Allison pero ya no podría ir al cine como tenía pensado. Pero, ¿qué importaba? Podría hacerlo cualquier otro día.
Peter estaba sentado en la silla junto a la cama y tenia puesto un chándal para hacer ejercicio. Parecía tan diferente del Peter que Lali había visto postrado, tan pálido y delgado y con los ojos hundidos. Pero ya había ganado peso y parecía tan fuerte como siempre; también había recuperado su voluntad inquebrantable.
—Llegas tarde —dijo brusco—. Llevo esperándote diez minutos.
Lali se dijo que no debía preocuparse de que recordara su cumpleaños; ni siquiera lo mencionó. Por lo menos no hubo ninguna tensión entre ellos y sobrevivió como si fuera un día normal. Después Lali habló con sus amigos y familiares, para agradecerles las tarje¬tas. A las seis de la tarde se fue a recoger a la señora Allison, quien insistió en que conociera a su hermana y en que viera la bonita labor que pitaba tejiendo.
Así que a las siete y media, Lali regresó a casa. Dejó su abrigo en el recibidor y subía por la escalera cuando Claudia salió de la cocina para decirle:
—Cenaremos en media hora. Sabía que llegarías un poco tarde, así que te he dejado un vestido colgado en tu armario.
—Gracias —contestó Lali, sorprendida, pero quedó más asombrada cuando vio la prenda escogida por Claudia. Era un vestido de noche, azul y gris, con la cintura ceñida y manga larga. Lali ya no lo recordaba, pues lo había dejado allí al dejar a Peter. Tocó la suave tela y recordó la primera vez que se lo había pupito... luego se maldijo. Tenía que olvidar y enterrar el pasado. El futuro era lo que importaba. Pero tampoco era cierto; el futuro sólo ofrecía soledad y también dejó de pensar eso al meterse en la ducha.
Pensó que Claudia debía de haber invitado a alguien sin decírselo. El vestido le pitaba un poco grande, pues había adelgazado, pero todavía le quedaba estupendo. Se peinó y se maquilló con mucho esmero. Al verse en el espejo, tuvo la sensación de volver al pasado. Era como si hubiera vuelto a la época en que era la mujer de un famoso piloto de carreras. Se dio cuenta de que ponerse el vestido había sido un error y quiso desgarrarlo, despeinarse y lavarse la cara, pero ya había pasado media hora y Claudia detestaba que se enfriara la cena.
La puerta del cuarto de pitar pitaba entreabierta y la señora Lanzani dijo:


que lo disfruten ULTIMOS CAPITULOS MOMENTOS DECISIVOS un beso enorme las quiero gracias por las firmas @pupy_angelita

domingo, 1 de abril de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 7 ultima parte

Lali bajó y se dio cuenta de que era la primera en entrar en la cocina; estaba tomándose un zumo mientras le preparaba el desayuno a Claudia, cuando entró Agus. Era obvio que se moría por saber lo que había sucedido entre Lali y Peter por la noche. Ella no se lo dijo, así que cuando Peter tocó el timbre, Agus corrió a su cuarto, con la esperanza de que él le contara el asunto. Bajó cinco, minutos después, desilusionado, y le subió el desayuno al convaleciente.
Claudia bajó a desayunar y Lali la acompañó con una taza de café, cuando entró Delia.
—Buenos días. Espero que hayas... dormido bien —dijo Claudia, con torpeza.
—Muy bien, gracias —contestó Delia, con una sonrisa cortés.
Lali se levantó.
—Te traeré el desayuno.
—No, no. Siéntate y termina el café —insistió la señora—. Quie¬ro hablar del menú del fin de semana con la señora Campbell —se dirigió a Delia y le preguntó con indiferencia—. Supongo que te quedarás con nosotros el fin de semana.
—Me temo que no. Debo regresar con los amigos que vine a visitar. De hecho, quería llamar á un taxi para que me llevara a la estación. Si usted me da el número yo...
—No es necesario, Agus te llevará —dándose cuenta de lo que acababa de decir, Claudia añadió—: Eso si estás tan segura de que no quieres quedarte. Tienes entera libertad...
—Gracias, pero debo irme.
La señora asintió y salió de la cocina. Lali tuvo que romper el silencio al disculparse:
—Lo siento. He estropeado tu visita —dijo al sentarse.
—Ese era el objetivo, ¿no? —comentó Delia.
—Sí, supongo que sí —reconoció Lali—. Pero tú no tenías culpa y no es justo... meterte en medio.
—Supongo que fue Peter quien lo hizo. Quería provocarte celos. Y es obvio que lo ha logrado.
Para alivio de Lali, la rubia no parecía enojada con ella, sólo un poco fría, así que le sonrió al decir:
—Sí, me temo que lo ha logrado.
La norteamericana la miró con intensidad.
—Pero no había motivo para que te pusieras celosa, ¿no crees?
—¿De verdad? —Lali la miró de frente—. Peter y tú fuisteis amantes.
Delia dudó antes de contestar:
—Sí, lo fuimos, pero eso fue hace años, antes de que. él te conociera.
—Pero ha vuelto a estados Unidos más de una vez... después de separarnos.
—Así que eso piensas. Ni siquiera me buscaba. Si lo hubiera hecho, bueno... yo habría estado más que dispuesta —miró con fijeza a Lali—. Por eso vine aquí con tanta prisa cuando él me llamó. Pero en seguida vi el porqué de la invitación y se lo reproché. Me dijo que no podía hacer gran cosa postrado en una cama como lo está. Así que yo le he seguido la corriente, pero no era eso lo que quería decir con que no había motivos para que te pusieras celosa.
—¿No? Entonces, ¿qué quieres decir?
—Que está muy claro que Peter todavía te ama. Y viendo tu reacción, es obvio que también le amas, así que, ¿por qué os compor¬táis así el uno con el otro? —miró a Lali, que tenía la cabeza inclinada—. Sabes que está enamorado de ti, ¿verdad?
Lali se pasó una mano por la frente y asintió.
—Sí —aseguró con voz ahogada—. Lo sé. Pero... no podemos vivir juntos —se levantó—. Lo siento, Delia, pero no puedo hablar del asunto.
—Bueno, quizá deberías hablar... con Peter—le sonrió de forma extraña—. No soy la única mujer que busca un hombre como él. Debes tener cuidado para no perderle por completo.
Lali sonrió pero negó con la cabeza; sabía que había perdido a Peter hacía años y se alegró de poder irse cuando Claudia entró en el cuarto, con la bandeja del desayuno de la rubia.
Delia se retiró cuando Lali subió a darle la terapia a Peter y ninguno de los dos habló de ella o de lo sucedido la noche anterior. Se concentraron en los ejercicios, prolongándolos cinco minutos. Para cuando terminaron, Peter estaba un poco pálido del esfuerzo.
—Descansa tranquilo antes de la sesión de esta tarde —le reco-mendó—. No debes esforzarte mucho...
—No lo haré —interrumpió él—. ¿Qué vas a hacer esta tarde?
—Tengo que ir a Aberton para devolver unos libros a la biblio-teca. Y tengo un par de cosas que hacer.
—¿Como comer con maximo recca? —inquirió Peter.
—No —Lali dudó pero le dijo—. Yo... le he dicho que no quería volver a verle.
—¿Cuándo? ¿Cuándo se lo has dicho? —Peter fijó la mirada en ella.
—Anoche.
—¿Le viste anoche?
—No, llamó por teléfono. Tú le oíste. Descolgaste la extensión —le recordó la chica.
—¿Y qué comentó cuando se lo dijiste?
—Eso no te incumbe, Peter. No...
—¿Tú crees?—lo dijo de forma intensa, sin enojo, y Lali supo que podía ser sincera con él, que ya había pasado la fase de celos y desconfianza. Por un momento, se sintió más cerca de Peter que cuando pitaban casados.
—No estaba muy contento —reconoció Lali.
—No, no creo que lo estuviera —Peter le cogió la mano y le besó los dedos con suavidad—. Reconoce lo bueno cuando lo ve.
A Lali le tembló la mano y la retiró.
—Bueno, será mejor que me vaya. Que descanses.
Temía ver a Max en Aberton, por eso hizo sólo las compras necesarias y regresó a casa un par de horas después. También la inquietaba que la volviera a llamar, pero no lo hizo; el sábado por la tarde, Lali tenía ya la esperanza de que se hubiera resignado, pero el domingo por la mañana, Max aparcó en la casa.
—Hola, Lali —como hacía viento, llevaba una americana en vez del acostumbrado traje oscuro y parecía un soldado vestido de civil.
—Hola, Max —le miró con impotencia y él prosiguió:
—Me gustaría hablar contigo un minuto, si tienes tiempo.
—Max, lo siento, pero...
—Sólo diez minutos —insistió. Ese es tu abrigo, ¿verdad? —lo cogió de la percha y se lo dio.
—No puedo. Lo lamento, pero...
—Sí, puedes. Peter puede soltarte diez minutos.
Lali le obedeció al darse cuenta de que seguiría insistiendo hasta convencerla. Entró en la sala para decirle a Claudia:
—Sólo saldré unos minutos. No tardaré. Sí... Peter pregunta por mí... díselo.
—Sí, querida, se lo diré —asintió Claudia con calma.
Lali esperaba ir a caminar un rato, pero Max abrió la puerta del coche y tuvo que entrar, preguntándose a dónde pensaba llevarla. El médico se dirigió hacia el campo y aparcó.
—¿Paseamos?
—Creo que te debo una disculpa —comentó Max al ver la cara de preocupación de Lali—. Hice... sin querer, algunos comenta¬rios desagradables sobre tí.
Lali frunció el ceño, sin entender, y luego recordó lo que Max había dicho de la «mujer de Peter».
—¿Lo sabes?
—Sí. Hablé de tí durante la sesión de teatro y una mujer te reconoció. Me dijo quién eras y se alegró de hacerlo —añadió som¬brío.
—Max, lo siento...
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué has dejado que me ente-rara así?
—No lo sé. He usado mi nombre de soltera desde el divorcio.
—Pero podías haberme dicho que eras la mujer de Peter —excla¬mó.
—No soy su mujer. Nos divorciamos hace casi un año.
—¿Por qué estás en su casa ahora? ¿Por qué tu? —insistió Max.
—Porque nadie más quería cuidarle. Sabes que las demás enfer¬meras se marcharon —respondió—. Claudia estaba desesperada pues no encontraba a nadie.
—Así que él te necesitaba. Y tú viniste... aunque estabais divor-ciados —Max la miró—. Debes sentir algo por Lanzani. ¿Me has dicho por eso que no querías verme más?
—En parte. Pero también... —Lali se detuvo y buscó palabras que no lo hirieran—. Parecía que yo... te agradaba. Que querías relacionarte más a fondo conmigo. Cuando me contaste lo del trabajo en el hospital, empecé a... asustarme.
—¿Asustarte? ¿De mí? —Max estaba atónito.
—No de ti, no. De lo que querías de mí. Max, trata de entender por favor; he pasado por un matrimonio fracasado e intento rehacer mi vida. No quiero presiones... ni comprometerme con otra relación tan pronto. Necesito tiempo para encontrarme a mí misma.
—Sabes que para mí es indiferente el que estes divorciada.
—Gracias —dijo Lali con sinceridad.
—Pero eso no significa nada para ti, ¿verdad? —replicó—. Por-que sigues amando a Peter —Lali asintió y él suspiró—. Pero tú le dejaste a él. ¿Esperas que Peter vuelva a ti? —Lali no respon¬dió—. Ya sé que no me incumbe, pero me encantaría que lo dijeras.
—Lo siento —repitió Lali, apenada e impotente-. Es mi culpa, nunca debí salir contigo.
—No, no digas eso —el médico se acercó y le puso un brazo en los hombros—. Conocerte ha sido... positivo. Eres una chica maravi¬llosa, Lali. Y espero... que encuentres lo que buscas. Pero si no funciona... si Peter y tú no volvéis...
—Lo sé —Lali le acarició la mejilla—. No lo olvidaré... y no te olvidaré.
Él asintió y le besó la frente antes de apartarse y decir:
—Será mejor que volvamos... no quiero que mi paciente tenga una recaída.
Lali esperaba que Peter la cuestionara, pero éste le vio la cara endurecida y se refrenó. Ni siquiera mencionó a Max, pero cuando el médico fue a visitarle el miércoles siguiente, Peter los miró a ambos con curiosidad. Lo que vio, o lo que no vio, le hizo sentirse mejor y que se dedicara de lleno a recuperarse.
Lali le ayudaba todo lo que podía; sin embargo, a veces sentía que era parte de algún ritual macabro, de un tiovivo del destino en donde los dos luchaban para curar a Peter, sabiendo que volvería a las carreras para arriesgar la vida de nuevo, como un soldado herido que se recupera para volver a la guerra. Peter tenía una alternativa podía retirarse y nadie pensaría mal de él. Había competido en carre¬ras de Fórmula Uno durante ocho años con gran éxito, no sólo en las pistas, sino también en el aspecto financiero. No necesitaba la fama ni el dinero, así que, ¿por qué no actuar con sensatez y retirarse cuando todavía estaba... completo? Pero Lali pensaba que él no podía hacerlo, todavía no. Cualquiera que fuese la obsesión que le hacía conducir, no estaba agotada aún y quizá nunca lo estuviera, tal vez seguiría compitiendo hasta que... Lali rechazó la conclusión obvia. Se empeñó hasta lo imposible en hacerle andar y trató de no pensar en lo que ocurriría cuando lo consiguiera.
Trabajaron tan bien que, una semana después, Lali fue al dormitorio de Peter con una cinta métrica. Él yacía en la cama, quizá dormitando como a veces lo hacen los inválidos. estaba tumbado boca arriba, así que pudo medirle desde los pies hasta las axilas.
—¿Es para el ataúd? —inquirió, seco.
Lali se dio cuenta de que había abierto un ojo y la miraba, cansado.
—No, para un par de muletas —contestó—. Ya es hora de que salgas de esa cama y te muevas un poco.
Peter abrió los ojos y la miró con intensidad.
—¿Todavía no te has enterado? —dijo con frialdad—. No puedo andar.
—En ese caso, será mejor que te mida para el ataúd, ¿verdad? —replicó Lali incorporándose.
Peter le cogió la mano mientras ella enrollaba la cinta.
—¿Cuándo? —inquirió él—. ¿Hoy?
—No. Hoy sólo tratarás de ponerte de pie durante unos cuantos segundos.
—¿Cómo puedo andar si ni siquiera logro que me sujeten las piernas?
—Te sorprenderás —rió Lali.
Y así fue, se sorprendió mucho cuando esa tarde, con Lali y Agus sosteniéndolo a cada lado y Claudia mirando, ansiosa, trató de levantarse por primera vez en casi seis meses. Peter preocupado por si le sostenían o no las piernas, no estaba preparado para el mareo
que sintió y que le hizo sentarse rápidamente en la cama, después de unos segundos.
—está bien —dijo Lali—. Has perdido el sentido del equili¬brio. Pronto lo recuperarás.
La miró buscando consuelo y lo halló en los ojos de la chica.
—Vamos a intentarlo de nuevo —y esa vez pudo sostenerse durante unos segundos más.
Habría continuado si Lali no hubiese terminado la sesión. Con su sentido del equilibrio, recuperó la determinación por volver a andar en cuanto comprobó que se podía poner de pie.
Lali no le dejó usar las muletas más que para sostenerse, hasta que el cirujano le vio de nuevo y le hizo más radiografías. Sólo entonces, le permitió dar su primer paso.
—¿Y bien? —inquirió cuando Lali volvió de llamar al ciru¬jano—. ¿Qué ha dicho?
—Que tus huesos han soldado muy bien. No deberías de cojear, aunque es posible que hayas perdido unos milímetros de altura.
—¿De verdad? —Peter se sorprendió, pero sólo se encogió de hombros—. ¿Qué importan unos milímetros cuando mido más de uno ochenta? Pero, ¿qué ha dicho de volver a andar? ¿Cuándo puedo empezar?
—Bueeeno... —Lali le miró de soslayo, sonriendo.
—¡Lali, por el amor de Dios!
—está bien —sonrió ella—. ¿Qué te parece hoy?
Él abrió más los ojos y se le llenaron con tanto alivio, esperanza
y alegría, que Lali tuvo que desviar la mirada para tragar el nudo que se le hizo en la garganta.
—Voy por Agus —dijo ella.
Por supuesto, Claudia también se presentó.
—está bien, tómatelo con calma —le advirtió Lali—. No trates de acelerar las cosas. Y recuerda lo que te he dicho de distribuir tu peso.
Él asintió, impaciente, se apoyó en las muletas y se quedó quieto un momento mientras se concentraba y reunía fuerzas.
—está bien, podéis soltarme —dijo, tenso porque aún le dolía mucho.
Con lentitud, Lali le soltó el brazo y se alejó un poco quedan¬do ante él, para que sólo diera unos cuantos pasos y pudiera cogerle si se caía. Le hizo una seña a Agus y él también le soltó. Peter estaba tenso, concentrado y apretaba los dientes para resistir el dolor, pero agarró las muletas con fuerza y movió con lentitud una pierna hacia adelante; gimió y Agus hizo un movimiento para sujetarle.
—No-, déjame solo —tenía gotas de sudor en la frente, pero Peter se esforzó para que sus huesos y músculos se movieran de nuevo y trató de arrastrar la otra pierna hacia delante. Miró a Lali y sus miradas se encontraron, y era como si él tratara de sacar fuerza de ella. Con lentitud, adelantó la pierna y dio un paso, apoyó su peso en ella y se mantuvo inmóvil. Claudia y Agus empezaron a aplaudir, pero los ojos de Peter, brillando de triunfo, todavía miraban a Lali.
—¡Lo hice! —gritó él—. Sabía que lograría hacerlo. Ahora, vol-veré a andar... y también volveré a conducir.
Lali se dio cuenta de que estaba llorando de alegría, pero las últimas palabras de Peter hicieron que contuviera el aliento. Trató de decir algo, pero no puedo, sólo consiguió ver la inmensa alegría que había en la cara de Peter... luego se volvió y salió corriendo del dormitorio.


bien largo no se pueden quejar ultimos capitulos momentos decisivos besos las quierooo @pupy_angelita

novela: triunfo del amor capitulo 7 tercera parte

Claudia, totalmente vestida, bajó al recibidor y le preguntó a Lali con ansiedad:
—¿estás bien? ¿Cómo has podido hacerlo? Me has asustado mucho.
—Lo siento —dijo Lali apenada—. No quería asustar a nadie. Sólo quería... sólo quería...
—No tienes que darme explicaciones —la interrumpió Claudia y luego sonrió—. Pero, ¿no ha sido un poco drástico?
están de mi parte, pensó Lali, sorprendida. Les sonrió agra-decida.
—Siento mucho haberos tenido despiertos tanto tiempo. ¿En dónde está Delia?
—Se fue a su habitación hace mucho —le respondió Claudia—. Creo que Peter le dijo que no tenía por qué esperar. Y ahora que estás aquí y a salvo, yo también me voy a dormir. Buenas noches —y al pasar junto a Agus, comentó—: No nos habíamos divertido tanto en años.
Lali le agradeció a Agus que fuera a recogerla a la comisaría y luego cerró la casa antes de apagar las luces y subir por la escalera. Se sentía rara y su furia había desaparecido gracias a la alegría de Agus y de Claudia. Era extraño que estuvieran de su parte cuando siempre apoyaban a Peter. Claro que, para ellos, sólo se trataba de un pequeño incidente... pero no para Peter. La puerta de Delia estaba cerrada, pero la de Peter permanecía abierta... y tuvo que pasar por delante para ir a su cuarto.
—¡Lali! —estaba sentado, al acecho—. Entra. Quiero hablar contigo.
—Peter, es tarde y yo... —dudó en el umbral.
—Maldita sea, no cojas mi coche para escurrirte a dormir des-pués —gruñó Peter—. Quiero una explicación.
—¿Sí? —entró, todavía nerviosa, y cerró la puerta—. ¿Qué de-seas saber?
Peter frunció el ceño pues esperaba que ella se mostrara ofensiva.
—Para empezar, ¿por qué has cogido el coche?
—Ya sabes por qué.
—Pero quiero que tú me lo digas —ordenó, fijando la vista en los ojos de Lali.
Lali se encogió de hombros, se quitó los zapatos y se sentó sobre sus pies en un sillón.
—está bien. Porque me has provocado. Me pusiste celosa y no he podido soportar la idea de que ella y tú estuvierais juntos.
—Viniendo de ti, es un gran reconocimiento —Peter agrandó los ojos con sorpresa.
—Sí, ¿interesante, no?
—¿Has bebido? —preguntó Peter, suspicaz—. No pareces tener tu acostumbrado espíritu luchador.
—Lo siento, no estoy de humor.
—¿O acaso intentas distraerme? —adivinó, endureciendo la ex-presión—. Volvamos a lo del coche. ¿Dónde has ido después de hacer tu acto de voy-a-destruir-tu-coche bajo la ventana?
—Sabía que estarías preocupado a más no poder por el coche. Fui más allá de Aberton, hacia la autopista. Pero...
—¿Tan lejos? —Peter la miró fijamente—. ¿En un coche con un motor tan poderoso y que no habías conducido? —dijo él atónito—. ¿Te das cuenta de lo que podía haber pasado?
—Sí, por supuesto. Podía haber abollado tu amado Ferrari. Aun¬que no entiendo por qué te molesta eso cuando es probable que no vuelvas a conducirlo...
—estaba preocupado por ti, maldita sea —replicó Peter—. ¿Cómo has podido ser tan estúpida de cogerlo, cuando estás acostum¬brada a una camioneta destartalada que no corre más de cincuenta kilómetros por hora?
—No siempre he tenido la camioneta —objetó Lali.
—está bien, cuando pitábamos casados, tenías un coche decente, pero no con la potencia del Ferrari.
—Claro, siempre te aseguraste de que tuviera un cochecito de juguete, ¿verdad? —notó Lali, pensativa—. Si hubiera tenido un coche más potente quizá me hubieran dado ganas de correr... como a ti —se burló.
—Nunca te gustó la velocidad —Peter la miró de reojo.
—Nunca me diste la oportunidad de averiguarlo —sonrió para sus adentros—. Así que decidí descubrirlo por mí misma.
—¿Qué estás diciendo?
Lali no le contestó de inmediato, pero luego le dijo:
—Sólo que cuando Agus y tú ibais al extranjero a competir, yo me iba con frecuencia en el Ferrari.
—No es cierto —exclamó Peter—. No podías conducir... —se detuvo al recordar hasta dónde había llegado esa noche y se enojó—. Mientes. Agus y yo lo hubiéramos sabido gracias al kilometraje.
Ella negó con la cabeza y sonrió.
—Le pedí a un mecánico que me enseñara a desconectar el cuentakilómetros.
—Si serás... —Peter se recostó en sus almohadas, convencido—. ¿Y descubriste si te gustaba la velocidad?
—Sí, me gustó —reconoció Lali—. Me gustaba sentir el poder en mis manos, tener ese potente motor bajo mi control. Quería hundir el pie a fondo para correr de verdad.
—Pero si así es como... —Peter la miró—. Así es como me siento cuando compito.
—Sí, me imagino que sí —Lali se puso de pie—. Me di cuenta cuando vi que ya no podía seguir luchando contra ti. Oh, me llevó bastante tiempo reconocerlo, pero entonces fue cuando supe que ni yo ni mis tontos sueños podrían competir nunca en las carreras.
—¿Tus sueños? —la mirada de Peter era de intriga.
—Sí. Cuando por fin reconocí que nunca se realizarían contigo, me volví muy práctica y me dije que debía dejarte para poder encon¬trar a alguien más y ser feliz.
Peter estaba un poco pálido y enojado.
—Y eso es lo que estás haciendo... ¿buscar a alguien?
Lali negó con la cabeza y sonrió; sin embargo, estaba a punto de llorar.
—Es estúpido, pero cuando quedé libre me di cuenta de que mis sueños nunca se volverían realidad de todas formas... porque tú eras el único cuyo... —se interrumpió y se dirigió hacia la puerta.
—¡Lali, espera!
Se detuvo y se volvió hacia él, con los ojos brillantes. Peter le hizo una pregunta muda y ella contestó como si le hubiera oído.
—Sabías lo que yo quería. Deseaba un hijo nuestro en mis bra-zos.
Peter tensó la mandíbula.
—Te lo propuse —replicó él con dureza.
—Es cierto —sonrió con aire triste—. Pero ¿qué ofrecías además de ayudar a concebirle?
—¿Qué quieres decir?
—Que yo deseaba un verdadero padre para mi hijo, algo más que un álbum de recortes y una hilera de trofeos en la repisa —gritó pero de inmediato se contuvo, consciente de que otras personas dormían en la casa—. Lo siento. No... tengo ningún derecho a decir eso ahora. Y siento haber cogido tu coche...
—Por el amor de Dios, deja de ser tan débil y humilde —in-terrumpió Peter—. Tenías tanto derecho como yo a obtener lo que quisieras de nuestro matrimonio. Lamento que no haya funcionado de la forma que deseabas.
—¿Quién es el humilde ahora? —inquirió Lali con una sonri¬sa. Se acercó a la cama y le miró con tristeza—. Supongo que lo que sucedió fueron... diferencias irreconciliables, como quedó asentado en la demanda de divorcio. No fue culpa de nadie, sólo un error que debía corregirse.
—Pero siempre hubo amor —susurró Peter y le cogió la mano.
—Sí, siempre lo hubo. Es una lástima que no haya sido suficiente —él apretó los dedos pero guardó silencio y después de unos minutos, Lali prosiguió—. Y tú, ¿has buscado a alguien... que me reempla¬zara?
Con lentitud, Peter levantó una mano y le acarició la mejilla.
—No, nadie puede reemplazarte.
—¿Ni siquiera Delia?
Peter se ensombreció.
—Cuando quiera a una mujer, yo mismo buscaré mi satisfacción —expresó enojado y siguió mirándola; de pronto, le pasó una mano por el cuello y la acercó para besarla con mucha ternura.
Cuando levantó la cabeza, los ojos de Lali estaban arrasados de lágrimas. Trató de decir algo pero estaba tan emocionada que sólo pudo tartamudear!
—Buenas noches, Peter —y salió corriendo del dormitorio.
Todos durmieron hasta tarde al día siguiente, para compensar el desvelo de la noche anterior. Lali se había acostado aún más tarde, pues se sentía casi tan desdichada como cuando dejó a Peter hacía casi dos años. Tardó en conciliar el sueño porque la recorrían olas de dolor y tristeza pero el cansancio la venció al fin.
 por ahi soy buena y les subo otro cap mas depende de las firmas q por cierto muchas gracias por ellas un beso enorme @pupy_angelita disfruten del cap quedan muy pocos

sábado, 31 de marzo de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 7 segunda parte

Las cortinas estaban cerradas, pero se veía una lámpara encendi¬da. Lali puso la máquina en punto muerto y pisó el acelerador, haciendo que el motor rugiera como sólo un Ferrari podía hacerlo. Peter lo reconocería de inmediato. Lali se ajustó el cinturón de seguridad con la vista fija en las ventanas de Peter, esperando que las cortinas se abrieran. Una luz se encendió en el cuarto de Claudia y segundos después Delia abrió las cortinas y miró fuera. Había mucha luz en el pórtico de la casa y Delia pudo ver muy bien el coche y hacerle una descripción a Peter, aunque éste no la necesitara. Lali esperó un minuto y luego condujo a toda velocidad por la vereda, haciendo que los neumáticos chirriaran en las curvas. Tras asegurarse de que no había más coches lanzó al Ferrari por la carretera haciendo que el rugido pleno y gutural del motor resonara en la noche.
Sólo cuando estuvo segura de que se encontraba bastante lejos de la casa para que no oyeran el motor, redujo la velocidad y se preguntó qué haría después. No había planeado nada más que coger el coche para hacer rabiar a Peter. Podía imaginar su reacción ya que no permitía que nadie, salvo Agus, se acercara siquiera a su adorado Ferrari. Y Peter sabía que su mecánico estaba en el bar. Bueno, mientras tuviera el coche, lo mejor era disfrutarlo, decidió Lali dirigiéndose hacia la autopista.
Para llegar tenía que atravesar un par de pueblos y apenas había disfrutado cinco minutos conduciendo cuando oyó el ulular de la sirena de policía y se dio cuenta de que la iban persiguiendo. ¡Maldita sea! Había tenido cuidado de no rebasar el límite de velocidad. Nerviosa, frenó el coche y la policía se paró delante de ella, para evitar cualquier intento de fuga. Dos oficiales salieron y uno de ellos abrió la puerta del Ferrari bruscamente.
—está bien, salga de allí —ordenó el hombre hosco.
Como era un coche muy bajo le costó trabajo salir, sobre todo porque llevaba falda. Lali no pudo evitar mostrar un poco de sus hermosas piernas y los ojos de los policías se abrieron de sorpresa y admiración cuando la vieron salir.
—Bueno... —el oficial más viejo carraspeó al recordar que tenía que hacer su trabajo—. ¿Es suyo este coche señorita?
—Bueno, no. Pero no iba deprisa, oficial —le aseguró Lali.
—¿Y tiene usted permiso para usarlo? —prosiguió el hombre severo.
—No, pero el propietario no puede conducir, así que he pensado que le vendría bien moverlo —explicó—. El dueño se está recuperan¬do de un accidente.
—¿De verdad? ¿Y sabe usted la matrícula? Sin mirarla, por favor —Lali se la sabía antes, pero había pasado mucho tiempo y negó con la cabeza. El oficial añadió—. Ya veo. ¿Sabe quién es el dueño?
—Claro, es Peter Lanzani y vive en Las Hayas, cerca de Aberton —contestó aliviada de saber algo.
—¿El piloto de carreras? —exclamó el policía con asombro—. ¿Sabe que nos han informado del robo de este coche? —añadió él recuperando la compostura.
—¿Robado? —Lali le miró, perpleja—. ¡El muy sinvergüen¬za! sabe muy bien que no lo he robado, oficial. Sólo he salido a dar una vuelta, es todo.
—Bueno, me temo que eso tendrá que aclararlo en la comisaría, señorita. Su nombre por favor.
—Esposito —contestó Lali—. Mariana esposito —miró a los dos agentes con incredulidad—. ¿De verdad me van a arrestar?
—Me temo que sí. Si viene conmigo, el otro oficial llevará a comisaría el vehículo robado.
—No es robado —protestó Lali pero el oficial le puso una mano en el brazo y la hizo entrar en su coche—. Y será mejor que le diga a su colega que tenga cuidado, pues el motor es demasiado potente si no se está acostumbrado a él.
El viaje fue muy corto, pero Lali se daba la vuelta con fre-cuencia para asegurarse de que el Ferrari los seguía y estaba a salvo, aunque sería una buena lección para Peter si se lo estropeaban.
En la jefatura tuvo que sufrir la humillación de que la registraran y la encerraran en una celda durante lo que le parecieron siglos, antes de que un fiscal le tomara declaración. El hombre la miró con sorpre¬sa cuando le dio el nombre y la dirección de Peter.
—Creo que será mejor que llame al señor Lanzani —comentó el hombre.
—Hágalo —asintió Lali, pensando que al menos le había
estropeado la noche con Delia; hacer el amor sería lo último en que pensaría Peter sabiendo que su amado Ferrari estaba en peligro.
Creyó que la iban a dejar irse pronto, pero pasó una hora antes que la soltaran. Sin embargo, no se aburrió durante la espera pues dos policías jóvenes estuvieron tomando té y charlando con ella y le dijeron que admiraban su habilidad para conducir el Ferrari.
Peter mandó a Agus para recoger a Lali. El mecánico la enfrentó con el ceño fruncido, para beneficio de la policía, pero no pudo ocultar que todo le parecía muy gracioso. Entregó una declara¬ción de Peter en donde decía que no iba a presentar denuncia y los policías le entregaron a Lali las llaves del Ferrari. Al salir de la comisaría, Agus vio la cara furiosa de la chica y se echó a reír.
—No tiene gracia —protestó Lali—. Peter no tenía ningún derecho de decir que había robado el coche.
Agus rió otra vez.
—¿está enojada? Debería haber visto a Peter cuando se dio cuenta de que se había llevado el Ferrari. No me gustaría estar en su pellejo cuando volvamos. He venido en su camioneta. Puede volver en ella y yo llevaré el coche.
Lali le miró con furia pero ya lo había pensado así antes.
El regreso a Las Hayas fue mucho más lento que la salida. La casa pitaba bien iluminada aunque eran las tres de la mañana. Agus llegó antes que Lali para asegurarle a Peter que el coche estaba intacto. Bajaba cuando Lali entró en el vestíbulo.
—Quiere verla —le informó con una amplia sonrisa—. Ahora mismo.


lo prometido es deuda AVISO: se acerca la reconciliación un beso enorme @pupy_angelita
Sandra  no te hagas drama me pasa a mi con el estudio 

novela: triunfo del amor capitulo 7 primera parte

LALI ni siquiera pensó en acostarse. ¿Para qué? No hu¬biese podido dormir sabiendo que Peter estaba con su antigua amante en el cuarto de al lado. Al principio inten¬tó concentrarse en otras cosas; arregló sus cajones y sacó la ropa que estaba sucia. Pero eso sólo le llevó diez minutos y no tenía otra cosa que hacer más que escuchar la música del dormitorio... y la ocasional risa femenina. De pronto cesó y todo fue peor. Si Lali hubiera tenido una radio a mano la habría encendido, pero le parecía impro¬pio bajar al estudio por una, aunque lo deseaba mucho.
Durante diez minutos, estuvo sentada pensando en el posible motivo de ese silencio. ¿Qué podía hacer? Nada, a menos que aporreara la puerta cerrada... De pronto, se le ocurrió algo y se levantó dudando de si se atrevería a hacerlo. Entonces recordó la mirada retadora de Peter y decidió que sí. Sin pensarlo dos veces, se puso una chaqueta y corrió al estudio en donde cogió unas llaves del escritorio de Peter. El corazón le latía a toda velocidad por la trave¬sura que iba a hacer. Corrió al garaje y abrió las puertas. No tenia que preocuparse de no hacer ruido, pues Agus había salido con sus amigos y las ventanas de su cuarto estaban oscuras.
Encontró el interruptor y las lámparas de neón iluminaron el garaje como si fuera de día. Allí estaba, el Ferrari rojo de Peter, como una joya aparcado entre su camioneta y el elegante coche de Claudia. El coche que sólo Peter conducía. Lali lo abrió y entró en el Ferrari. Hurgando, encontró la palanca que ajustaba el asiento a su tamaño y luego puso en marcha el motor, segura de que Agus le mantenía a punto. El rugido de la poderosa máquina inundó el gara¬je. Con una sonrisa de malevolencia encendió las luces y arrancó para pararse frente a la casa, justo debajo de la ventana de Peter.
 si hay por lo menos 3 firmas subo el mejor cap de todos besossss

viernes, 30 de marzo de 2012

novela: triunfo del amor capitulo 6 ultima parte

Ayudó a Claudia a subir la comida y Lali se quedó en la cocina preparando su cena y la de Claudia. Mientras comían estuvieron char¬lando y le resultó fácil no pensar en Peter y en sol; pero después, viendo una película en la televisión, fue más difícil no imaginarlos juntos.
Claudia les había recogido los platos pero el champán y las copas se quedaron arriba. Era una botella bastante grande, una que le habían dado como regalo por haber ganado una carrera. Lali se preguntó cuánto habría bebido Peter, pero no se preocupó mucho; no bebía en exceso y no lo necesitaba para lo que se proponía hacer esa noche.
Hacia las diez sonó el teléfono y fue a contestar, pero oyó que también Peter descolgaba en su cuarto.
—Hola, Lali, soy Max.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien. Oye, de esta tarde...
Lali esperó oír que Peter colgaba, pero no lo hizo y Max prosiguió:
—... siento haberte dejado en el sendero y no he podido locali-zarte en el bosque.
—No... los perros encontraron un conejo y tuve que ir tras ellos —explicó la chica.
Hubo un ruido en la línea que pudo ser una risita de burla; luego se oyó que Peter colgaba.
—¿Volviste antes de que lloviera? —preguntó Max.
—Pues... no.
—Bueno, esperemos que no llueva el domingo en el otro bosquecito —Lali iba a hablar, pero Max siguió diciendo—. Ahora no estás libre, ¿verdad? Sé que es tarde, pero acabo de volver de una visita y he pensado que quizá podríamos ir a tomar una copa... para compensar lo de esta tarde.
Por un momento, Lali se sintió tentada. Sería pagarle a Peter con la misma moneda. Pero no sería justo para Max, así que le dijo:
—No, me temo que no. Y Max... acerca del domingo, no creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? Ya hemos quedado —protestó el médico.
—Sí, lo sé, pero he estado pensándolo y creo que sería mejor que dejáramos de vernos.
—¿Pero por qué? Creía que nos llevábamos bien. ¿Te he hecho algo o...?
—No —interrumpió Lali—. Lo siento, pero no quiero volver a salir contigo.
—No puedo aceptarlo, Lali. Tienes que decirme por qué —in-sistió él.
—Mira, no... deseo discutirlo por teléfono. Por favor, trata de aceptar mi decisión. Es para bien de los dos.
—No, no la aceptaré. Iré a buscarte el domingo y aunque no salgas conmigo, me dirás por lo menos qué pasa. Me debes eso, Lali.
—No, lo siento. Yo... no puedo —colgó antes de que pudiera minar su resolución.
Lali regresó a la sala y se quedó mirando la televisión como si fuera una enajenada mientras se preguntaba qué sucedería arriba. No le importaba desde un punto de vista emocional, claro, pero como enfermera le preocupaba que Peter tratase de poner a prueba su fuerza.
A las diez y media apagó el televisor y se despidió de Claudia. Su ex suegra dejó de leer una revista y le sonrió al decir:
—Es un poco temprano, ¿no? No, supongo que no. Buenas noches, querida.
Lali fue a su alcoba y a través de la puerta de comunicación, pudo escuchar la música suave y sensual que provenía del cuarto de Peter. Oyó también risas; parecía que se estaban divirtiendo. Llamó a la puerta y entró.
sol estaba reclinada en la cama de Peter y se apoyaba en el hombro de él. estaba un poco despeinada y sonrojada por la bebida, y sostenía una copa en la mano. Lali vio la botella y notó que habían consumido una cuarta parte. Luego levantó la vista y observó a Peter.
—Por favor, entra —se burló él—. ¿Quieres un poco de cham-pán?
—no, gracias —Lali se dirigió hacia él pero se detuvo. Lleva¬ba el pijama azul que ella había escogido con tanto cuidado. ¡Canalla! Lali le cogió la muñeca casi con repugnancia y le verificó el pulso mientras miraba a Peter con frialdad, pero él sólo la observó con esa mirada retadora que la hacía querer matarle.
—¿Cuánto has bebido? —inquirió soltándole la muñeca.
—Suficiente —declaró él con sutileza y doble sentido mientras la seguía mirando con burla.
Lali estuvo a punto de recomendarle a sol que no le dejara sobrepasarse, pero se contuvo cuando notó que también ella la mira¬ba, divertida.
—Buenas noches, entonces —dijo Lali con frialdad mientras se dirigía a la puerta por donde había entrado. Al volverse para cerrarla, vio que Peter le susurraba algo a sol en la oreja, y después oyó que cerraban con llave.
 y  les advierto en el prox capitulo empieza la diversion un beso enormeee lo prometido es deuda @pupy_angelita

novela: triunfo del amor capitulo 6 quinta parte

—¿No deberías haber añadido «todavía»?
—¡No! —exclamó la chica—. Por el amor de Dios, Peter, apenas le conozco.
—¿Pero te gusta?
—Sí, sí me gusta. Es muy... agradable —dijo sin saber cómo responder.
—¡Ah, agradable! Ya veo lo que te atrae de él. Tal vez quieras decir que es muy tranquilo. Es poco probable que conduzca a más de ochenta kilómetros por hora y seguro que nunca se arriesga. Sí, para una cobarde como tú, Max debe ser irresistible.
—Bueno, como eres el extremo opuesto, deberías de estar muy contento con sol —protestó, enfurecida—. Deberías convenirle... siempre y cuando puedas volver a conducir, por supuesto —apagó la lámpara y empezó a darle crema en las piernas, con brusquedad.
—¡Ay! —Peter se rió, sin embargo gimió de dolor—. No te voy a pedir que me expliques ese comentario. Las mujeres siempre sois unas fieras cuando estáis celosas.
—Tú sí que puedes decir algo, estás celoso hasta morir de Max.
—Sí, lo estoy —de pronto, Peter se puso serio y le cogió una mano—. Pero no en la forma en que piensas. Te sobrestimas si crees que estoy celoso por ti. No, le envidio porque es capaz de andar y de coquetear. Por ser capaz de trabajar, de vivir y de amar, en vez de estar atado a esta maldita cama para el resto de su vida.
Él la soltó, se volvió y empezó a temblar. Lali se quedó inmóvil un momento y se dio cuenta que estaba convencido de que no iba a volver a andar, que nada de lo que había hecho le había infundido el deseo de curarse.
Lali le colocó los diodos y encendió la máquina que llenó el silencio con su ligera vibración.
Siguió trabajando en sus piernas, pero no habló hasta que apagó la máquina.
—Ya te dije que hay buenas posibilidades de que vuelvas a andar con el tiempo —le recordó Lali—. Quizá antes de lo que piensas. ¿Y qué te impide trabajar? Seguro que hay muchas cosas que puedes hacer desde la cama.

Peter se tumbó y ella le acomodó las almohadas para que pudiera sentarse de nuevo.
—¿De verdad? —dijo con sarcasmo—. ¿Qué sugieres?
—Bueno, podrías hacer obras de caridad, para empezar —expli-có la chica—. Hay mucha gente que está peor que tú y que necesita ayuda.
Él la miró con malevolencia al decir:
—¿Y cómo me las arreglo para hacerlo?
—Usa el cerebro —replicó Lali—. Lo tienes en la cabeza y no en las piernas, ¿no? ¿O también se te dañó en el accidente?
Se dispuso a salir pues estaba enojada, pero Peter dijo:
—Hay una cosa que se te ha olvidado, dices que podría andar y trabajar, pero... ¿hacer el amor?
Lali se sonrojó un poco, pero contestó con tanto cinismo como pudo:
—Físicamente puedes hacerlo. estoy segura de que los médicos te lo dijeron.
—Decirlo... y comprobarlo son cosas muy diferentes —señaló con sarcasmo—. Creo que es imposible con las piernas así.
—Pero no si... —Lali se interrumpió.
—¿Sí? —Peter levantó las cejas—. Bueno, continúe... enferme-ra, no se detenga.
Lali respiró hondo ya que se vio en una trampa, y se preguntó qué camino seguiría Peter para atraparla.
—No si la... persona con quien hagas el amor... te ayuda.
—¿Ayuda? —Peter fingía incomprensión—. ¿Quieres decir que ella me hiciera el amor? —Lali asintió y él continuó—. Ah, ya veo. ¿Pero quién podrá auxiliarme en este... experimento? —la miró con insistencia y ella no contestó. Trató de apartar la vista de los de él, pero no pudo; trató de hacer algún comentario que aliviara la tensión, pero en una batalla de voluntades como esa, no era rival para Peter y fue él quien rompió el silencio al decir, con cierta burla sugestiva—: ¿Tú, quizá?
Ella respiró. ¿Debería sentirse halagada de que la hubiera nom-brado antes que a Delia? Bueno, pues no lo estaba. Levantó la barbilla y replicó con desdén:
—Lo siento, pero hay un límite en lo que hago por mi salario.
Peter la miró con frialdad.
—En ese caso, será mejor que le digas a mi madre que me mande una botella de champán con la cena esta noche.
—No, Peter, no puedes. Es demasiado pronto. No tienes sufi-ciente fuerza para...
—Yo seré quien juzgue eso.
—Peter, por favor, no lo intentes. Podrías...
—Como acaba de recordarme, enfermera, usted es una emplea¬da. Y no le pago para recibir su opinión, así que salga de aquí.
—Tienes razón —replicó con amargura—. Nunca te molestaste en escuchar mis opiniones antes, así que, ¿por qué ibas a hacerlo ahora? —salió del dormitorio dando un portazo.
Pasó una hora antes de que pudiera reunirse con Claudia en la cocina.
—Lo siento, debí bajar para ayudarte —se disculpó la joven.
—No importa. Me gusta —añadió Claudia al colocar unas flores en la bandeja—. ¿Cómo quedan?
—Muy bonitas —dijo con sinceridad—. También has puesto las servilletas de nuestro regalo de bodas.
—Querida, ¿te importa? —Claudia la miró preocupada.
Sí le importaba, pero negó con la cabeza.
—No, claro que no. Se las dejé a Peter. Pero sólo hay dos bandejas, ¿no cenarás con ellos? —añadió, esperanzada.
—No. Peter no me querrá allí —Claudia se llevó una mano a la boca—. ¡Pero qué poco tacto! Debo vigilar mis palabras, pero es una situación tan rara —Claudia no solía ser tan torpe, sino al contrario, siempre era muy diplomática. Las circunstancias la habían confundi¬do—. Peter me ha pedido una botella de champán con la cena —co¬mentó Claudia extrañada—. ¿Podemos dejarle beber? Para sol, está bien, claro, pero mi hijo está tomando antibióticos y no debería ingerir alcohol; ¿verdad?
—No, pero lo hará de todas formas, así que, ¿para qué intentar disuadirle? —contestó Lali, sombría—. Una copa no le hará daño, pero sol debe asegurarse de que no beba más. El resto se lo tendrá que beber ella.
—Bueno, esperemos que aguante, no queremos tener a dos per¬sonas en cama —comentó Claudia y luego miró sorprendida a Lali cuando ésta rompió a reír.
En ese momento sol entró en la cocina.
—Hola. ¿Es una broma privada o yo también puedo reírme?
Lali gimió y empezó a atragantarse, y Claudia dijo:
—Ah, sí. Quiero decir no. Entra. Qué... vestido tan bonito.
—Gracias —dijo la visitante con sequedad mientras las mira-ba—. ¿Puedo ayudar en algo?
—Oh, no, todo está listo. Ya he llevado el carrito al cuarto de Peter. ¿Te gusta el budín? Lo he hecho para el postre.
Lali se sirvió un vaso de agua y miró a sol. Llevaba un vestido muy bonito, de lana, y estaba cortado con exquisitez para realzar las curvas de por sí redondeadas. sol estaba muy bien maquillada y se había peinado con elegancia.
—Qué lástima que Peter no pueda bajar para que pudiéramos comer todos juntos —acotó sol, aunque no pareció muy sincera.

en un rato masss besos